Diciembre 28, 2006
Bisbal y el Emule
Ayer, día de los inocentes, David Bisbal declaró: “En España falta concienciar a la gente de las descargas ilegales de música, por eso es necesario seguir peleando. Si ilegalizaran programas como eMule o LimeWire se salvaría la música”.
En fin.
P.D.: Por supuesto no hace falta decir que la noticia que puse ayer en el blog sobre las psicofonías era una inocentada. Pelayo Sáenz no existe. O eso creo. Bisbal, por el contrario, sí existe y dice esas cosas que pongo ahí arriba y totalmente en serio.
Psicofonías con derechos de autor
Creía que los abusos de la propiedad intelectual y el intento de convertir todo en una mercancía no podían ya sorprenderme. No ha sido así. Los guerreros del copyright siguen alcanzando nuevas cotas de delirio.
Supongo que todos conocen lo que son las psicofonías (algunos las denominan "parafonías" y otros "ruido ambiente malinterpretado"). Las psicofonías son grabaciones en las que se registran las voces de personas difuntas que pasaban por allí y al ver una radio grabando se dicen a sí mismas: "¿por qué no?" El contenido de este tipo de grabaciones suele ser de difícil comprensión para oídos desentrenados por lo que es aconsejable repetir la psicofonía varias veces para conseguir entender lo que ha susurrado la voz fantasmal.
Pues bien, en Cádiz, la Asociación de Jóvenes Parapsicólogos de España ha grabado en el interior de una casa abandonada una supuesta psicofonía. Por supuesto la han dado a conocer rápidamente colgando algunos fragmentos en Internet. Los archivos han corrido como la pólvora entre los aficionados teniendo hasta el momento, y en tan sólo dos semanas, 55.000 descargas.
La sorpresa llega cuando Pelayo Sáenz Écija manda un correo electrónico a la página web de la Asociación de Jóvenes Parapsicólogos de España en el que les comunica que puede reconocer perfectamente la voz de su padre en la psicofonía e insta a la Asociación a que cese en la difusión de la grabación amparándose en, como no, la Ley de Propiedad Intelectual. La Asociación hace caso omiso y pocos días después recibe un burofax del abogado de D. Pelayo que reitera, esgrimiendo idénticos argumentos legales, la petición que les había hecho días atrás su cliente. Si no proceden a la eliminación de las grabaciones en un plazo de 15 días (que se cumplirán en apenas 48 horas) se iniciarán las acciones legales oportunas. La web "Cadena Peco", que había ofrecido las psicofonías, las ha retirado "hasta que el asunto se resuelva".
Como podéis imaginar, los miembros de la Asociación de Jóvenes Parapsicólogos no se lo pueden creer y han buscado asesoría legal. Su abogado ha respondido al burofax indicando que la grabación carece de derechos de autor puesto que:
1.- Es requisito indispensable que exista un autor. Si bien la Ley de Propiedad Intelectual no exige que el autor se encuentre sobrio en el momento de creación de la obra, como demuestran los discos de los Sex Pistols, sí es requisito indispensable que, al menos, se encuentre con vida.
2.- La grabación no es una obra intelectual puesto que lo registrado carece de los requisitos de originalidad y esfuerzo creativo que exige la LPI. Concretamente el espectro dice: "Ya estoy aquí... Voy a mataros... ¿Se me oye?... Voy a mataros".
Por su parte, Sergio Hurtado, presidente de la Asociación de Jóvenes Parapsicólogos ha mostrado su repulsa a las "tácticas intimidatorias" de D. Pelayo. Sergio considera que no tiene sentido reivindicar como propiedad intelectual lo que no son más que susurros amenazantes de un difunto que no pretendía crear una obra sino, simplemente, divertirse un rato.
Conviene quizás indagar en la vida de D. Pelayo Sáenz, lo que nos permitirá entender esta toma de postura que riza el rizo en la ultraprotección de la propiedad intelectual.
Pelayo Sáenz, consiguió su fortuna a una edad temprana. Su madre murió de un infarto a los 37 años y, dos meses después, su padre falleció al atragantarse con una ostra. Gracias a este golpe de suerte, el joven Pelayo se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo.
Su juventud está marcada por los excesos. Probó toda clase de drogas, practicó todo tipo de sexo y vio todos los capítulos de la serie Dallas. Su fiel amigo, Cayetano, al ver que su compañero caminaba peligrosamente por el borde del abismo de las drogas, decidió actuar y empujarlo definitivamente. Tras tres años en una clínica de desintoxicación, Pelayo consiguió salir de ese infierno al que la locura de la juventud, la ignorancia de la adolescencia y la película Trainspotting le habían llevado.
Pese a todo, su juventud fue moderadamente feliz. Hizo un buen número de amigos. Entre ellos destacan: Raúl Escribá, hijo del dueño de una cadena de gimnasios y que tenía todo para triunfar como tenista a excepción de las piernas que perdió en trágico accidente; Cayetano Guerrero, que era el más rebelde de la pandilla y que salía a la calle con ropa que no era de marca solo por provocar; y, por último, Ángel Conde, futuro acaudalado banquero que tenía una extraña relación de amor-odio con el dinero: odiaba el suyo pero amaba el de los demás. Pelayo dejó una marca indeleble en todos sus amigos que jamás pudieron olvidarle. "No, no podemos. El odio es ya demasiado profundo", confirma Raúl.
Pelayo comenzó a cursar la carrera de Derecho identificado con el hecho de que todos sus estudiantes, como es sabido, usan gomina en el pelo. Sensibilizado con los conflictos entre empresarios y trabajadores decidió especializarse en laboral. Como él mismo declaró al desaparecido Diario 16: "Quiero defender a los que tienen que sufrir continuos abusos, quiero defenderlos de esas pequeñas estafas del día a día y de ese maltrato constante. Quiero defender a los empresarios".
Conocido en su facultad por tener los peores apuntes y por no prestarlos nunca, Pelayo hizo pocos amigos en su trayectoria universitaria. En quinto y último curso, se le atragantó la asignatura de Filosofía del Derecho. Tras intentar aprobarla en cuatro ocasiones sin éxito, el joven quiso seducir al profesor, Mauricio Robledo, con un cheque. Don Mauricio se mostró indignado: "Yo soy insobornable y además usted me ofrece muy poquito".
Este fracaso desestabilizó la débil mente de Pelayo que abandonó la carrera y volvió a caer en la tentación de las drogas. Pero fue justo cuando ya estaba a punto de autodestruirse, cuando le asaltaron la mente las sabias palabras de su padre: "Invierte bien tu dinero. Recuerda: tu fortuna no debe perjudicarte a ti, sino a los demás". Después de pasar unos meses dudando entre dedicarse a la venta de armas o de música, decidió finalmente decantarse por la segunda opción, fundando así la que años más tarde sería la discográfica más importante del mundo (si exceptuamos el continente Americano, Asia y la mayor parte de Europa).
Pelayo no sabía mucho de música pero reconocía un éxito al instante. A él le debemos canciones tan conocidas como "Pechitos caribeños", "Bailonga tú, bailongo yo" y "Yo también tengo un tractor amarillo", secuela de la famosa canción. Todas sus producciones fueron éxitos arrolladores y a pesar de que los melómanos le suplicaron que se replanteara la alternativa de la venta de armas, Pelayo continuó adelante con el sueño que tenía desde su más tierna infancia: multiplicar su dinero.
El imperio de Pelayo fue creciendo. Mientras su discográfica producía discos sin parar, los medios de comunicación producían consumidores. Algunos anuncios publicitarios fueron considerados agresivos porque daban a entender sutilmente que si no comprabas el último éxito del verano lanzado por la discográfica de Pelayo, eras poco menos que un marginal. En la memoria queda aquel spot cuyo eslogan fue: "si no compras este disco, no eres nada" y que los analistas más despiertos consideraron que encerraba cierto grado de violencia verbal.
Pelayo pronto abrió varias tiendas de discos que vendió años más tarde a una importante cadena de ropa por una cifra millonaria indeterminada. Ante la previsible protesta del centenar de trabajadores que se quedarían en la calle, Pelayo culpó del cierre a la piratería, a la que siempre definió como "el gran cáncer de la música".
