Noviembre 05, 2010
La Red Social: David Fincher (2010)

Me ha costado casi una semana ponerme a escribir este texto. Me temo que es porque tengo la sensación de que me voy a dejar cosas por el camino o peor, que voy a intentar meter demasiadas cosas en un espacio limitado y no se va a entender nada... O que me voy a extender sin remedio. El motivo es que el visionado de “La Red Social”, última película de David Fincher escrita por Aaron Sorkin, me ha impactado mucho en niveles muy diferentes.
Partiendo de las películas con las que “La Red Social” tiene un parentesco más claro, es decir, aquellas que hablan de las gestas empresariales de un hombre y como éstas modifican su alma hasta extirpársela por completo(Con Ciudadano Kane a la cabeza) la película realiza un exodo consciente a partir de una diferencia fundamental: El protagonista de la película es prácticamente el mismo tipo cuando comienza que cuando termina.
Lo que media entre el minuto uno y el minuto final es la creación de una de las empresas más importantes del planeta y, sin duda, el interfaz comunicativo más importante de la historia de la humanidad. Nunca más gente ha tenido la posibilidad de comunicarse con más gente, y lo hacen gracias al invento de este caballero. Pero él sigue siendo fundamentalmente el mismo.
A lo largo de la película, rodada magistralmente por Fincher y escrita con la habitual maestría del creador de “El Ala Oeste de la Casa Blanca”, asistimos a dos procesos jurídicos diferentes y determinantes en su singularidad.
El primero enfrenta el Zuckerberg con la élite empresarial de Harvard y pone sobre la mesa tres cuestiones fundamentales:
1.- ¿Quién es el dueño de una idea? Y ¿cómo se producen las ideas?
2.- El cambio de paradigma entre las formas de producción de conocimiento de las élites socio-económicas y los nuevos agentes de la economía cognitiva.
3.- Un proceso de conquista de un éxito social no por la vía de la conquista de su espacio (Zuckerberg ama y odia por igual la exclusividad que las élites de los Clubs de Harvard representan) Sino a través de una vaciado de ese espacio mediante la producción de un nuevo lugar del poder y la exclusividad.
El segundo enfrenta a Zuckerberg con su amigo Eduardo Saverin, único apoyo financiero de facebook en sus orígenes y, aparentemente, creador del algoritmo matemático a través del cual funciona la herramienta.
Este segundo juicio, mucho más amargo, mucho más humano y emocionalmente expuesto desde la perspectiva perdedora de Saverin, nos muestra a un Zuckerberg que, básicamente, tiene dos preocupaciones reales: llegar a conquistar una posición social de poder a través de su inteligencia (Esto es, “ser alguien”) y mantener en funcionamiento la herramienta que ha construido. Herramienta que es por quién demuestra los arrebatos de apasionamiento más fuertes de toda la película.
Y no es que Saverin no le importe. Le considera su amigo, pero los problemas relacionales de Zuckerberg y un esquema de prioridades particularmente autocentrado (y no quiero decir egocéntrico, es evidente que el personaje tiene un problema de ego, pero sobre todo, una incapaz enorme para relacionarse con el mundo) Hacen difícil una relación condicionada por una concepción de la empresa que han puesto en marcha que, en el caso de Saverin choca con el torrente empresarial de Sean Parker, creador de Napster y genio perverso de la película. La fascinación que Zuckerberg tiene por Parker (Espectacular trabajo interpretativo de Justin Timberlake) también está contada desde el punto de vista de Saverin. Y es una afinidad puramente intelectual: Admira su capacidad para poner en jaque una industria a través de su propia inteligencia, pero no aspira a ser un tipo cool, enrollado, etc. Simplemente, reconoce, como lo reconocería otra máquina, a alguien que habla un idioma similar.

El tercer elemento sobre el que se sostiene la película es una doble frustración del protagonista que se conjuga en un único problema: Una dificultad para relacionarse con el mundo en un plano comunicativo empático. Zuckerberg no tiene las habilidades sociales necesarias para tener una pareja o para caerle bien a los chicos listos de los clubs y Facebook es su respuesta a esa carencia.
Un sistema comunicativo que genera una interfaz con la realidad que nos permite jerarquizar la información y tener un mapa de orientación sencillo en un mundo saturado de estímulos y dónde nos encontramos incapaces de comprender la complejidad de lo real. Una interfaz que nos permite, además, relacionarnos en planos empáticos pre-fefinidos (Número de amigos. Gusta o no Gusta) Y que además es exclusivo.
Lo que Zuckerberg crea es una nueva forma de exclusividad que reproduce la vida social de manera a-histórica (No hay diferencia entre amigos de hace diez años y amigos nuevos) y con nuevos valores de jerarquías emocionales basados, principalmente, en lo cuantitativo.
Un club democratizado en su acceso y desapasionado. Un lenguaje para la psique de principios del siglo XXI. Un lugar sin memoria, atravesado por las pasiones de una adolescencia nunca abandonada, un lugar dónde lo real está siempre por actualizarse. Un lugar en el que esperamos dando al F5, a “recargar la página” para saber si nuestra vida habrá cambiando para siempre.
La red social es, entre otras muchas cosas, una disección directa a la vida emocional del Siglo XXI. El alma que desaparece, se cuantifica, se vuelve incapaz de empatizar, no es la Zuckerberg... Es la nuestra.



