3 de Noviembre de 2007
Mi Propio Paisaje-Inventa una historia 2007
Otra historia de amor, de compromisos y de formas de expresar los sentimientos. Escrito por Patricia Sarnosa. Que les guste.
-Mira, yo se que las cosas son como son, pero también se que se pueden cambiar. No hay nada perfecto. Y a veces, para darse cuenta de que falta algo, o de que otra cosa está de más, lo importante es tener una referencia clara, una imagen definida, para poder llegar hasta ella. ¿Lo ves?
Entonces puso sobre la ventana de la habitación una transparencia, un trozo de plástico de esos sobre los que se puede escribir y que en las reuniones de empresa o en la facultad utilizábamos para exponer gráficos y cosas por el estilo. Desde luego lo había preparado para dejarme por un instante con la boca abierta y mantener mi interés sobre lo fuera a decir después.
Había dibujado en aquella lámina, con apenas unas cuantas líneas de rotulador negro, el perfil de los edificios que teníamos enfrente. La silueta esquemática de las vistas que habíamos disfrutado durante las siete noches que dormimos juntos (lo de dormir es un decir) en Nueva York. Un paisaje urbano, mega urbano, plagado de edificios de diferentes alturas que me encantaba mirar de noche, con lucecitas encendidas aquí y allá, de forma aleatoria, como si fuera el cielo plagado de estrellas artificiales. Pero su dibujo no reproducía el paisaje de forma fiel, sino que lo modificaba. Había añadido dos rectángulos verticales, uno de ellos con una especie de antena en lo más alto, como si fueran dos rascacielos que estaban allí antes y habían sido derruidos o el proyecto de dos grandes edificios que aún no se habían construido.
Lo cierto era que en el cielo nublado de aquella mañana de octubre él había imaginado una realidad distinta para nosotros dos.
-¿Qué te parece?
-Pues que no entiendo lo que me quieres decir
-Buen.- continuó.- A veces es más importante una imagen con capacidad de evocar que un mensaje directo y claro.
-Como sigas con tu jerga de director, me bajo a desayunar sola.-Y nos reímos los dos.
- Está bien, intentaré explicarme: como te iba diciendo, las imágenes para mi son muy importantes y ésta es mi forma de pedirte...
- ¿Qué? No te quedes callado, Enrique. Va, dime... ¿Es que pasa algo?
En ese momento apartó el dibujo y el paisaje, detrás, volvió a ser el de siempre.
- Pasa que quiero estar toda la vida contigo. Si tú también quieres, claro, que quería pedírtelo, preguntártelo, alguna promesa de compromiso...
- Y lo del dibujo ¿Qué tiene que ver?
Volvió a poner el dibujo sobre el cristal, y lo movió hasta que las líneas que había dibujado encajaron con los perfiles reales de los edificios. De casi todos, porque ahora que lo miraba otra vez, descubrí que no sólo había añadido los dos rascacielos, sino que también había modificado otros dos edificios situados hacia la derecha del dibujo, haciéndolos más pequeños de lo que eran.
-Pues... Bueno es que ahora me parece una gilipollez y me da un poco de vergüenza, pero verás, éstos dos rascacielos somos tú y yo.
-¡Ah! ¿Si?- Me reí -Entonces yo soy éste seguro.-Dije señalando el de la izquierda del todo.- Porque soy bastante más alta que tú
-Bastante no, sólo un poco.- Protestó- Pero si, tú eres ese y yo soy el otro, ya sabes, por lo de la antena.- Y me guiñó un ojo.
-¡Ah! Así que lo de ser bajito no es ningún problema siempre que se tenga una buena polla ¿No?
-Mira que eres bruta. Pero no, por lo visto no es problema, al menos para ti. A lo que iba: que tú y yo estamos por encima de todo lo demás, que deberíamos estar siempre así, juntos...
-Si y tu con la antena bien tiesa.- Bromeé.
-Va, que hablo en serio... y quizá, más adelante, poder dibujar otras siluetas más pequeñas alrededor, las de nuestra propia familia...
Me gustaba mucho Enrique, pero a veces me parecía tan inmaduro, tan infantil, tan contradictorio y perdido en su propio mundo, que me daba lástima. Pero en vez de decirle eso le pregunté por los otros edificios, los de la derecha, los que él en su dibujo había recortado, empequeñeciéndolos.
-Éste simboliza los celos y éste otro de aquí, representa a mi mujer. Lo que quería mostrarte es que se pueden ir haciendo cada vez más pequeños, diminutos, insignificantes, hasta que acaben por desaparecer del todo.
-Mira, Enrique.- Y mi tono de voz se volvió serio, había conseguido enfadarme.- Nunca, jamás, nunca, he tenido celos de tu mujer. Ni de ninguna otra, lo sabes de sobra. Cuando te conocí ya sabía que estabas casado y no soy imbécil... Sólo me importa que nos llevemos bien y por lo demás, no pretendo cambiar nada.
-Pero yo si quiero cambiarlo, eso es lo que te quiero decir. Y los celos no son tuyos, son míos. Siento celos cuando te tengo lejos. No se con quien estarás y desvarío imaginando mil barbaridades. Me pongo malo, enfermo, hasta físicamente me encuentro mal.... Y eso tiene que cambiar. Quiero que cambie porque mañana volvemos a Madrid y no voy a poder... No voy a poder seguir como hasta ahora, mintiendo, arañando una hora a cada día para poder verte. Una hora ya no me basta. Te quiero, Raquel. Para siempre.
Tuve que ser clara con él; no es que me guste ser tan sincera, pero no me quedó más remedio que decirle: Lo siento, Enrique... Yo no te quiero. Recogí mis cosas mientras él lloraba, me rogaba, intentaba convencerme con argumentos que parecían poesía, con historias increíbles que nunca llegarían a hacerse realidad. Pero yo me fui, sin decir nada más, sintiéndome un poco culpable por el llanto de ese hombre, pero aliviada también por no tener que seguir oyéndolo.
Así de simple: Enrique, yo no te quiero. Y así de crudo. Me hubiera gustado acabar de otra forma, haber podido regalarle una última imagen evocadora, de las que tanto le gustaban, en lugar de aquellas cinco palabras tajantes, pero el artista era él. Yo soy una persona práctica que estudió económicas y que sólo pretende divertirse un poco entre negocio y negocio. No soy una mujer romántica ni tengo, como el, una sensibilidad especial (seguramente por eso me dedico a la producción, la parte menos mágica del cine), pero aún me queda la suficiente como para entender que cada uno tiene su propio paisaje.
Por eso me fui, para impedir que él empezara a construir nuevos edificios y a derribar los viejos, a dibujar un nuevo horizonte que nada tiene que ver conmigo. A regalarme un paisaje que ni siquiera me gusta.



