2 de Noviembre de 2007
Espacios Vacíos- Inventa una historia 2007
Una historia de rupturas y fotos por cortesía de Agustina Foleri Espero que os guste.
Estoy sentada sobre una caja de cartón, en mi departamento, mirando el hueco que dejaron los muebles que se llevó hace como una hora. La verdad es que ahora hay mas espacio. Se fue el televisor, la horrorosa mesa con el teléfono, unos cuadros con fotos que le gustaban, una cantidad increíble de libros de la biblioteca que nadie leía, un sillón de cuero rojo, la lámpara de pie del rincón, una alfombra redonda, una guitarra, el microondas, todos los CD de música clásica y las cortinas, aunque no entiendo muy bien que es lo que va a hacer con esas cortinas. Mientras veo un vaso de vidrio sobre la ventana que se refleja con la luz de la tarde, contemplo lo brillante y lo vacío que se ve, tanto como la sala en general. Y pese a todo, creo que me siento mejor, mas despejada, mas tranquila, mas…no sé. Bajo la mirada, y me doy cuenta que las fotos sobre el piso, desparramadas, que me quedan, son simples recuerdos de momentos vividos, llenos de certezas porque existieron, pero hoy… ahora mismo, profundamente vacíos. Hoy son parte del pasado, de lo que me hizo feliz, de lo que pensé que era para siempre, de todo…en definitiva de nada.
Me da por filosofar mientras ordeno lo que quedó, y me pregunto cuantos vacíos nos hablan, cuantos nos entristecen, cuantos nos dejan sin palabras… Y observé el único cuadro que se olvidó con la foto de las torres gemelas, en realidad sin ellas, pero con su contorno, con su forma, con su espacio y con su vacío. Y claro ahí solo faltan esas dos moles de acero y cemento, en cambio a mi me faltan algunos muebles entre ellos el televisor. Con otra diferencia obvia, nosotros fuimos dos personas que dejaron de quererse, mientras que esos edificios caídos, representan el odio entre dos civilizaciones que no hacen nada para entenderse.
Aunque si lo pienso mejor, nosotros tampoco nos entendimos, yo no le entendí, pero al menos no nos odiamos.
Vuelvo a la foto y me habla de todo y de todos. De los que ven el horror en su máxima expresión, y los que ven un acto de justicia, de los que ven el abismo y de los que tuvieron que saltar al vacío. ¿Cuantos habrán llorado? Yo también estoy llorando ahora. ¿Cuantos habrán rezado? La verdad es que casi no rezo, podría rezar en este mismo momento, y pienso ¿donde estas? Y ahí mi otro vacío, ese que me habla de un dios presente, omnipresente mejor dicho, y al que no encuentro por ningún lado. Del que todavía espero algo o casi todo, amor, justicia, la victoria del bien sobre el mal, el sentido de todas las cosas, de la vida, de la muerte; y de mi vida y de mi muerte. Pero en rigor de verdad, nada más silencioso y desconcertante que mi propia e insoportable pequeñez, y la ausencia absoluta de toda certeza en relación al más allá.
Ya son casi las ocho, y mi estomago ruge como un mar, de jugos gástricos, en el medio de una tormenta, y sutilmente caigo en otro de mis espacios vacíos, pero que solo significa la necesidad vital de alimentarse y no más. Abro el refrigerador, encuentro poco y nada, llamo por teléfono a Agustina con la esperanza de que mi mejor amiga pueda acompañarme en este momento. No puedo dejarle un mensaje porque tiene su casilla llena. Me doy cuenta que los espacios vacíos no son los únicos que me generar angustias, los llenos también. Me desespera no poder hablar con ella, me resigno y busco mi abrigo, necesito un poco de aire. Tomo la llave y casi simultáneamente tocan el timbre. ¿será ella?, ¿será él? Abro la puerta y ahí está Guillermo, el que se acaba de ir hace un par de horas con los muebles que me faltan. Mientras él me saluda, me pregunto a misma si se habrá arrepentido, si querrá volver a intentarlo. Por un momento fantaseo con que el camión de mudanzas quizás dio la vuelta y esta parado en la puerta del edificio, esperando bajar los muebles otra vez en casa.
Vuelvo a la realidad y Guillermo me pide disculpas por la molestia y me pregunta por su cuadro favorito que cree haberse olvidado, el de la foto con las torres gemelas, se ríe y se corrige, en realidad sin ellas.
Respire muy profundo para no llorar, me tome unos segundos y le conteste que no lo había visto, que seguramente se lo había llevado. Se fue. Cerré la puerta.
Me quede con su cuadro, con su foto y con su espacio vacío…
Guillermo Zapata a las 12:56 AM | Referencias 0hola guillermo, recuerdo haberte mandado yo este relato, pero no soy Patricia Sornosa. Mi nombre es agustina ;-)
De todas formas gracias por compartir tu espacio con nosotros.
Saludos
Fallo técnico. Corregido.
Guillermo Zapata | 3 de Noviembre de 2007 - 03:23 AM


