23 de Abril de 2007
Blerrinad. Capítulo 10
En el que Elorap lleva a cabo su plan sin tener en cuenta un detalle. Se expone el conflicto entre correr con las piernas y correr con la mente y se habla de semáforos en rojo, haciendo un último repaso a la ley de la gravedad
Podéis leer el capítulo en el post extendido y el relato completo aquí
Primera Parte
Capítulo 10
La ley de la gravedad dice que las cosas no se quedan suspendidas en el aire, sino que caen al suelo. En La Factoría de Ideas las paredes eran trasparentes. El edificio se podía ver desde fuera y desde dentro. Las personas andaban cómo si estuvieran suspendidas en el aire, porque el
suelo también era transparente. Nadie se escapaba de ese edificio. Nadie salía de allí sin que los demás lo supieran porque todos se veían entre sí y todos se vigilaban. Eso no quería decir que la gente no entrara y saliera, el ir y venir era constante.
Elorap se había dado cuenta de que las leyes de los hombres y las leyes de la física y la matemática tenían poco que ver: Unas eran rígidas y contundentes, las otras eran modulables y cambiantes. Así que la ley de la gravedad podía desobedecerse. Si un semáforo estaba en rojo decía que no podías pasar, pero si te ponías a andar sí que podías hacerlo. Por el contrario, volar era imposible.
Evidentemente, al cruzar con el semáforo en rojo tenías más posibilidades de ser atropellada, pero si las asumías, era evidente que podías cruzar al otro lado. De la misma forma, huir de la factoría estaba prohibido y- en teoría- era imposible. Ahí había un fallo evidente. No se podía prohibir lo imposible, es decir, se podía pero era redundante y la redundancia era contraria a un pensamiento científico un poco organizado. Sería como prohibir ser inmortal o prohibir volar, siguiendo el ejemplo anterior. La conclusión lógica que se podía sacar de cualquier prohibición- había deducido Elorap en el transcurso de las últimas semanas- es que se prohibían las cosas que se podían hacer. Luego si estaba prohibido huir del edificio de la Factoría y del departamento de creación, es evidente que podía hacerse.
Y así lo estaban haciendo Leo y su hermana mayor.
Elorap había descubierto también otra cosa mientras tenía su “última conversación con Miqui Dantart”. Miqui decía que las cosas eran sencillas. Que si tirabas una moneda desde lo alto, caería. Por el contrario, Elorap pensaba que las cosas eran tendencialmente complicadas. Miqui estaba absolutamente convencido de que la moneda caería no porque le interesara lo más mínimo la ley de la gravedad, sino porque la moneda “siempre había caído hacia abajo”. De la misma forma, el edificio transparente de La Factoría de Ideas imposibilitaba la huida solo porque nadie había escapado nunca. Era una trampa, pero una trampa mental.
Si no crees que puedes fugarte nunca te fugas, pero Elorap quería fugarse y sólo tenía que luchar contra las miles de mentes similares a las de Miqui que pensaban que nadie podía escapar del edificio. Si nadie podía escapar del edificio la mejor manera de hacerlo era… no hacerlo. No escapar. Caminar tranquilamente hasta la puerta y esperar que la gente que te viera pensara que tenías que salir por algún motivo. Dejar que el semáforo rojo de su mente hiciera el trabajo. Esa era le teoría de Elorap. Y era una buena teoría porque estaba caminando en dirección a la puerta principal con su hermano agarrado de la mano y nadie parecía haber reparado en su presencia.
Todo el mundo les había visto y, sin embargo, nadie lo había hecho. Caminaron sin parar, sin hablar, sin detenerse ante nada. Sonrientes y con total naturalidad hasta llegar a las puertas del edificio. Todo iba bien… y ese era el problema.
Elorap sabía que su hermano era un niño travieso y había utilizado esa “capacidad” para convencerle de que se marcharan de allí. El problema era que la travesura, por definición, necesita de otro que la vea. Si no te pillan no es tan divertida. La travesura es el proceso, la huida no es más que el resultado. Elorap quería irse sin hacer ruido, Leo quería ser descubierto. Eso explica porque justo antes de atravesar las puertas del edificio hacia la plaza de las fuentes que habían visto ese día lluvioso en el que Elorap y sus padres llevaron a Leo al edificio, Leo se dio la vuelta y dedicó una sonora pedorreta a toda la sala.
El sonido atravesó el edificio con la misma nitidez que la luz atravesando un cuerpo transparente. Elorap contuvo la respiración. Quizás no pasara nada. Su corazón no paraba de golpearle en el pecho como una caja de ritmos que ha perdido el control. Quizás no pasara nada. Se hizo el
silencio. Un silencio espeso, intranquilo. Todo el mundo se había quedado mirando al niño y la niña de la puerta de entrada. Leo empezó a reír, satisfecho con la atención que había recabado para su persona, Elorap no estaba tan alegre. Quizás no pasara nada.
Uno de los guardias de la puerta que se encontraba en la recepción de entrada levantó la mano para darles el alto y Elorap no puedo esperar más. Cogió a su hermano de la mano y tiro fuerte de él hacia fuera. Afortunadamente, la pedorreta había sido junto a la puerta. Cruzaron las hojas de cristal del edificio trasparente y salieron corriendo por la plaza de las fuentes.
Elorap no miraba atrás. Corría con toda la potencia que le permitían sus piernas sintiendo tan solo la mano de su hermano tras ella y mirando solo hacia delante. La determinación de su escapada luchaba contra su fuerza física y contra la evidencia de que los guardias que, seguro iban detrás de ella, corrían más.
“No se corre con las piernas”- Se dijo- “Sino con la cabeza”. Era un viejo dicho de su profesora de matemáticas. Su favorita. Elorap intentaba correr con la cabeza, pero las piernas llevaban franca ventaja. No oía nada más que el tráfico a su lado, pero eso era normal. Casi había olvidado que fuera de La Factoría hablar costaba dinero. Podían estar justo detrás de ella y jamás se enteraría... Miró hacia atrás. Uno, dos, tres... cinco guardias corrían tras ella y, como suponía, le estaban comiendo terreno.
Delante había un puente y por debajo cruzaba una carretera de dos carriles. Las piernas le decían que tarde o temprano les iban a coger. La cabeza le decía otra cosa.
Se dio la vuelta y cogió a su hermano en brazos. Caminó hasta el borde del puente y esperó a que pasara un coche alto. Los guardias estaban cada vez más cerca, pero ella mantenía el control: “Corre con la cabeza”. Leo la miró asustado. Acababa de darse cuenta que su fuga no era una travesura más. Ya legaban, estaban ahí. Un autobús entró en el túnel... Elorap contuvo la respiración y saltó, justo cuando el primero de los guardias iba a atraparla.
Calló en el capó del autobús y noto como la pierna derecha le daba un fuerte tirón. Gritó, pero en seguida se dio cuenta de que estaba bien. Leo estaba junto a ella, mirándola con emoción. Se le había salido un moco. Elorap se río de puros nervios. Todo iba bien, se alejaban del puente. Los guardias tardarían en llegar hasta allí.
En el siguiente semáforo, Leo y Elorap saltaron al suelo y siguieron corriendo. Corrieron y corrieron hasta encontrarse en un callejón un poco apartado. Allí, Elorap se sentó en el suelo a recuperar el aliento. Leo hizo lo mismo.
-¿Estás bien?
Leo la miró y se encogió de hombros.
La situación era grave. Les había pillado antes de lo previsto. Elorap querría haber tenido tiempo para llegar a casa y hablar con su madre y su padre, contarles lo que habían vivido. Pero ahora probablemente ya les habían llamado y sería mucho más difícil contarles la verdad. Por lo menos habían escapado.
Una voz se escurrió por el callejón.
-¡Quietos!
Elorap no lo podía creer, eran los guardias. Leo reaccionó rápido y salió corriendo antes que ella. Elorap le alcanzó en seguida. Seguían detrás de ellos. Una esquina a la derecha, una calle, dos, otra esquina a la izquierda... Elorap tropezó. Sus pantalones vaqueros se rajaron contra el suelo y empezó a manarle sangre de la rodilla. Leo se quedó paralizado. Los guardias estaban encima de ellos.
-No os mováis- dijo el primero- no va a pasar nada.
Estaban en un callejón sucio y lleno de charcos. Elorap estaba tendida en el suelo sin poderse mover. Su plan era estupendo y ahora todo se había ido a la porra. Su hermano acabaría muerto como Todog y encima sus padres se enfadarían con ella por iniciar esta loca aventura.
-Dejad a los niños en paz o tendréis problemas.
La voz venía de arriba y llenaba todo el callejón con una presencia áspera y contundente.
Guillermo Zapata a las 10:45 PM | Referencias 0


