12 de Febrero de 2007
Blerrinad. Capítulo 1 y resumen
Tal y como dije la semana pasada, hoy Lunes da comienzo un relato largo (o novela corta) que durará una cuarenta o cincuenta semanas. Lo más probable es que este viaje que iniciamos hoy (Sí, vosotros y yo) dure un año y que el final coincida con el tercer aniversario de éste blog. Quizás no. El relato no está ya escrito. Se lo que pasa es cada capítulo, pero tendré que escribirlo semana a semana, con lo que no tengáis miedo de comentar y criticar. Además, Maria José está preparando una colección de laminas para ilustrar el relato mes a mes. La primera llegará en unas semanas. En fin, comencemos.
Capítulo 1: En el que conocemos a Elorap y su afición por los números. Se descubre algo sobre el mundo en el que habita y su hermano pequeño, Leo, hace algo que no debe.
Primera Parte
Capítulo Uno
“La flor de la palabra no muere
Aunque en silencio caminen sus pasos”
(EZLN)
-¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí?
- Eso depende de a dónde quieras llegar, -contestó el Gato-.
(Alicia en el país de las maravillas)
-Bler... blerrinad.
Elorap tenía los ojos grandes y oscuros. Si los mirabas de cerca parecía que te podías perder. A Leo, su hermano pequeño, le gustaba mirarlos durante horas. Lo hacia antes de dormir, por la tarde al caer el sol, mientras comían... Así se sentía tranquilo. Elorap creía que Leo tenía algún problema de salud que no se podía explicar, porque siempre estaba nervioso y le gustaba que le mirara a los ojos porque así se calmaba. Los padres de Elorap no lo tenían tan claro, para ellos Leo sólo era un niño de cuatro años normal y corriente. De todas formas no hablaban mucho entre si. No es que no se quisieran, es que eran una familia modesta y hablar era demasiado caro. En las épocas buenas sí se decían alguna cosa, pero cuando había que ahorrar podían estar meses sin abrir la boca.
A Elorap lo de no hablar tampoco le importaba mucho. Ella vivía en un mundo poblado por equis, sumas y restas. En el colegio no paraban de “decirle” (Es una forma de hablar. En realidad se lo escribían en un papel) que estaba muy avanzada en matemáticas para su edad. Había días que podía estar tres y hasta cuatro horas resolviendo ecuaciones cada vez más complejas. A su madre le preocupaba que no fuera a jugar, pero Elorap no tenía ningún problema: ¿Quién quiere jugar cuando tiene matemáticas?.
-Bler...blerrinad.
No pasaba desapercibido, porque en los sitios donde no se habla la voz es algo que destaca sobre las otras cosas. Elorap no podía fingir que no había oído a su hermano pronunciar esas palabras, más cuando ya lo había
hecho dos veces. Cerro con fastidio el cuaderno en el que estaba haciendo sus ejercicios y escuchó el silencio. Quizás había oído mal...
-Bler... blerrinad.
Las palabras se volvieron a escuchar con total nitidez, seguidas de una risa ahogada pero juguetona. Era Leo, sin duda. Elorap se levantó. Guff (su perro) levantó la cabeza al verla pasar. El perro tenía gesto preocupado, también él había oído ese sonido extraño y poco frecuente.
En la habitación de Leo había dibujos preciosos. Era una habitación con las paredes de color azul y una cama enorme (para el tamaño menudo de Leo) con algunos juguetes. El ázul estaba un poco desconchado, pero aún
quedaba bonito. En el suelo estaba sentado Leo, mirando a una de las paredes. Sobre la misma había una cucaracha moviéndose lentamente. Siempre aparecían con el calor. Al entrar Elorap en la habitación, Leo
se sobresaltó un poco. Dio unos saltos en el suelo y palmas. Inmediatamente volvió a mirar a la cucaracha y dijo.
-¿Blerrinad?
Elorap se acercó con sumo cuidado mientras pensaba “no, zopenco, cucaracha.” Le puso los dedos en los labios. Leo se rió de nuevo y empezó a gatear hacia la cucaracha. Elora lo interceptó rápido y lo cogió en brazos.
Su padre y su madre se iban a poner furiosos. Seguro que la regañarían por dejar sólo a su hermano, pero ¿quién podría adivinar que se iba a poner a hablar? Cuando iba a hacerlo de nuevo, Elora le tapo la boca y negó con la cabeza. Pensó en escribirle una nota de prohibición, pero en seguida recordó que los niños de dos años no saben leer: “¡No deberían saber hablar, tampoco!”
Le negó otra vez con la cabeza y le sacó de allí. Encima se le había escapado la cucaracha. Fue hasta la cocina cuidando de que su hermano no volviera a abrir la boca y una vez allí comprobó el contador. Efectivamente, marcaba 48. Además había marcas especiales, una doble erre... Bronca asegurada. Aunque había algo raro. Si bien el contador había contado las letras una a una y marcado las especiales como hacía siempre, el contador no había contabilizado la palabra completa. Lo cual era bastante raro.
Elorap no sabía de donde venían los pensamientos, pero uno que había surgido en la parte más oscura de su mente, probablemente cerca del lugar donde llevaban sus ojos, había ido abriéndose paso a empujones hacia la superficie: Esa palabra no existía.
Volvió a comprobar el contador y, efectivamente, parecía que su base de datos no tenía la palabra que su hermano acababa de pronunciar. Le miró con indcredulidad mientras su hermano se urgaba alegremente la nariz. No podía ser... Se lo repitió un par de veces y volvió a mirar el contador y luego a su hermano de nuevo.
Al rato se dió cuenta de que por mucho que dijera que era imposible que su hermano se hubiera inventado una palabra, lo cierto es estaba cada vez más nerviosa.
Continuará el Lunes 20 de Febrero
Primera Parte
Capítulo Dos
En todas las casas había uno. En realidad eran varios tomos perfectamente ordenados de color gris y aspecto funcional. Más de doce volúmenes. Elorap casi no podía con el que acababa de coger del estante y que debía contener la expresión “Blerrinad”. Se tambaleó un poco hasta apoyarlo contra la mesa. Su hermano la miraba intrigado mientras lo hacía, de alguna forma le hacia gracia el revuelo que se estaba formando.
Elorap empezó a buscar letra a letra: nada, nada, nada. Ni en este ni en otros idiomas. Su hermano de dos años acababa de hacer algo absolutamente fascinante. Había creado una palabra sin ayuda de nadie: “Blerrinad”. No se trataba de un balbuceo tontorrón, sino de una auténtica creación con ocho caracteres y doble erre.
Le volvió a mirar y Leo le devolvió la mirada con un pedorreta juguetona. Esa señal solía marcar el inicio de una buena sesión de escondite al revés, donde el buscador era quien se escondía. Pero Elorap no estaba para juegos y la pedorreta no estaba a la altura de lo que se suponía que debía hacer alguien que había creado una palabra por si mismo. Su hermano, lejos de desanimarse o tomar conciencia de la extraordinaria situación que se desarrollaba a su alrededor, insistió en sacar la lengua y hacer ruidos de lo más molestos. Leo usaba mucho los ruidos y Elorap también, porque los contadores no podían contarlos. Sus padres intentaban que no los hicieran, porque era de mala educación, pero cuanda estaban solos era inevitable.
Elorap le hizo un gesto con la mano para que se callara. Aún quedaban tres horas para que su madre volviera del trabajo. ¡Tres horas!. Cuando fuera mayor y supiera todo lo que hay que saber sobre matemáticas inventaría una máquina para pasar los tiempos muertos. Los ratos de espera. Era un proyecto que estaba bastante avanzado en su mente. Oh si, eso si que sería un hallazgo. Al lado de su maquina para saltar momentos la palabra de su hermano se quedaría en nada. Elorap pensó por un momento en que quizás su máquina necesitaría un nombre particular y que quizás ese nombre podría ser Blerrinad. Pero no tenía la máquina y tenia que dejar que esos 180 minutos, que esos 10800 segundos se fueran por el water del presente hacia el desague del pasado.
Los segundos se habían convertido en minutos y los minutos en horas y las horas se había acumulado obedientemente para que su madre llegara a casa. Elorap estaba sentada en el pasillo esperando a que abriera la
puerta. Había sido muy severa con su hermano y éste no había vuelto a abrir la boca. Ni para inventar ni para decir algo inapropiado y terriblemente costoso. Sus padres le habían prometido que si la fáctura de las palabras del mes no era muy elevada, con el dinero que ahorraran irían al museo de ciencias y no iba a dejar que su hermano el creador le jorobara los planes.
Su madre por fin entró en casa y Eliorap no pudo contener la excitación. Tenía que explicar con pelos y señales (y esta es una definición bastante literal de lo que iba a suceder, si se excluyen los pelos) lo que había pasado. Lo hizo como pudo y de alguna manera se las ingenió para que parte de la hazaña de su hermano le correspondiera
también a ella.
Elorap no sabía muy bien que pasaba cuando uno decía una palabra que no estaba en los libros. Nunca había pasado entre sus amigos, pero si había visto a esos niños albinos de la televisión (Leo era castaño claro) Esos
“creadores” hablando de las nuevas palabras que inventaban. Eran toda una atracción.
Su madre no se lo creyó hasta que le enseño el contador y el registro, luego se puso muy nerviosa, incluso dio un gritito. Fue hasta un cajón del escritorio, junto a su mesa, y sacó uno de los libros grises. Pasó sus páginas (lo cual molestó un poco a Elorap porque era algo que ella ya había hecho) Y llegó a la misma conclusión que había llegado ella, solo que unas horas más tarde. Soltó otro gritito y caminó muy despacio hasta el teléfono. Elorap contuvo la respiración. El teléfono era un invento extraño y casi mágico. Solo se usaba para emergencias. Su madré marcó las teclas y alguien al otro lado lo cogió.
-¿Juan? Soy yo.
Elorap palideció de los nervios. ¡Su madre estaba hablando con su padre! ¡Estaban derrochando las letras y las palabras y las conjunciones y todas las otras cosas que costaban dinero! A la porra el viaje al museo de ciencias. ¿Se había vuelto todo el mundo loco? ¿Era ella la única que mantenía la corduna?
-El niño ha inventado una palabra.
La madre de Elorap empezó a reír como si la estuvieran haciendo cosquillas con una pluma.
-Lo sé, ya lo sé, Juan. ¿No es maravilloso? Sí, sí. Yo lo hago ahora mismo.
La madre de Elorap colgó y la miró con una sonrisa radiante que había borrado las bolsas grises debajo de los ojos.
-Hay que llamar al “Departamento de Creación”.-Dijo.
Elorap se la quedó mirando. ¿El departamento de qué?. Detrás de ella su hermano, juguetón, hizo otra pedorreta.
Primera Parte
Capítulo Tres
La dijeron que se fuera a su habitación. Su padre y su madre la mandaron a su habitación con total impunidad. La separaron del acontecimiento. Estaba indignada en todas las formas en las que una niña de su edad podía estar indignada. Allí, en su casa, a pocos metros de la puerta de su habitación se estaba decidiendo si su hermano era o no un genio y ella estaba encerrada en su cuarto. La furia crecía por momentos. Una furia, esos sí, correcta y educada, porque Elorap podía ser muchas cosas, pero maleducada no era una de ellas.
Fingió que le daba igual lo que estuviera pasando durante los primeros veinte minutos, pero luego se rindió a la evidencia de sus propios nervios y pego la oreja a la puerta. Cuando eso no fue suficiente se vio a su misma catapultada por una fuerza exterior que, de manera completamente irresponsable, hizo que se arrastrara por el suelo del pasillo aprovechando su propio pijama como material deslizante. Elorap sabía moverse sin hacer ruido, vaya que sí. No la iban a dejar en su habitación. El genio era importante, pero ¡y el descubridor del genio! Nadie tomaba en serio su hazaña y su determinación. Muy bien podría haberse callado y no haber dicho nada de la palabra inventada por su hermano y ahora no estarían todos tan nerviosos, pero nadie le reconocía eso a ella. A ella la dejaban en su habitación.
La puerta del salón tenía un cristal de color marrón claro y opaco que desdibujaba el interior y alargaba las figuras como si fueran dibujos infantiles. Elorap levantó la cabeza y la pegó al cristal. Vio cuatro figuras. Dos de ellas eran sus padres y una tercera era su hermano Leo que estaba sujeto por su madre encima de sus rodillas. Frente a ellos había una cuarta persona. No sabría decir si joven o mayor, pero definitivamente frenética. Movía los brazos para hacerse entender y hablaba sin parar, con una voz dulce, melódica. Elorap no necesitaba los ojos para sentir el magnetismo de esa persona. La voz era suficiente. Era como cantar, pero sin rima. Hablaba y hablaba sin parar. Les decía a sus padres que si su hijo era lo que parecía lo primero que haría el Departamento de Creación sería darles un crédito ilimitado de palabras.
Elorap se vio empujada por el entusiasmo y se imaginó a si misma hablando sin parar, parloteando como una loca. Podría por fin exponer sus teorías sobre como predecir el tiempo con matemáticas y decir en voz alta el secreto que intuía desde hacía años, que todo se podía explicar con números, hasta los enfados de su madre. La ilusión le hizo perder por un instante conciencia de su situación de espía y la lanzó en una cascada de desenfreno oratorio.
-¡Siete por tres, veintiuno!- Dijo a voces.
Inmediatamente se dio cuenta de lo que había hecho. El silenció se apoderó de nuevo del hogar y Elorap se quedó inmóvil. Quizás no la había oído, se dijo. Aunque sabía que eso era muy poco probable. La puerta se abrió y vió el rostro de su madre. Estaba enfadada en una escala elevada. La voz melodiosa dijo.
-¿Quién tenemos aquí? Una pequeña matemática parlanchina.
Elorap se puso roja como una manzana y su madre la puso de pié. Elorap se concentró en los detalles de su pijama intentando no mirar hacia delante. La voz le dijo
-Acércate.
Elorap se acercó. Notaba la mirada de su madre agujereándole en cogote. Ella quería protagonismo, pero ésto era excesivo. Ahora preferiría estar en su habitación. Ella era una observadora, no le gustaba estar en el centro de las cosas sino pasear alrededor de ellas con... “Actitud”.
-¿Te gusta hablar?
Elorap afirmó con la cabeza.
Una mano le cogió la barbilla y se la levantó. Se encontraba frente a frente con el hombre de edad indefinida. Estaba sonriendo. Su sonrisa era como su voz y sus ojos, tambien. Era como si su voz hubiera ido materializando detrás todo su cuerpo. Elorap se quería morir de cien millones de formas a cual más imaginativa. Intuía que su madre estaba dispuesta a colaborar. Su padre no le andaba a la zaga.
-Soy Miqui Dantart.
Le tendió la mano. Elorap se la estrechó. Se sentía pequeña y estupida y odiaba esa sensación. Ya no era una niña. Se armó de valor y le sostuvo la mirada.
-Yo fui quien descubrió que mi hermano había inventado una palabra. Me dí cuenta en seguida.- Dijo orgullosa.
Miqui la miró y sonrió.
-Eso decían tus padres...
Así que lo habían contado.
-La cuestión que estamos tratando es si tu hermanito es un auténtico genio. Un creador genuíno y personal o... Algo más bien pasajero.
Elorap miró a sus padres. No entendía nada. Su hermano había dicho esa palabra tres veces: Blerrinad. Se había oído por toda la casa. ¿Cuál era el problema?
-Elorap- dijo su madre- Leo no quiere hablar. No dice nada. ¿Estás segura de que esa palabra no la dijiste tú?
Elorap enmudeció. Volvió a afirmar con la cabeza.
-¿Y entonces?- Dijo su padre.
¿Por qué no dejaban de hablar? Elorap no estaba acostumbrada a tantas voces. Miró a su hermano y entendió lo que había pasado. Se puso delante de él y dejó que Leo le mirara a los ojos. El crío lo hizo durante unos segundos y Elorap notó como se iba relajando. Luego le hizo una pedorreta y su hermano se rió.
-Elorap- dijo Leo- Blerrinad.
Sus padres casi se caen de la emoción. Elorap le sonrió cariñosa y le acarició el pelo. Miqui Dantart se levantó orgulloso.
-Es tímido, como muchos creadores. Retraído, complejo. Una yuxtaposición de sensaciones. Un caleidoscopio de emoción. Elorap, ¿te gusta la palabra caleidoscopio? Te la regalo.
Elorap no sabía que se pudieran regalar las palabras, pero sintió una emoción especial al saber que había algo que solo le pertenecía a ella. Era el mejor premio del mundo.
-Bueno, en ese caso- insistió Dantart- lo mejor que podemos hacer es preparar una visita al Departamento de Creación en la Factoría de Ideas y si todo les convence, Leo podrá ingresar allí cuanto antes.
Elorap miró a su hermano y a sus padres preocupada... ¿Ingresar? ¿Se iban a llevar a su hermano?
Primera Parte
Capítulo Cuatro
Llovía. El cielo era una continuación de nuves grises y blancas que se apelotonan hasta el horizonte. Elorap las veía al revés, dada la vuelta. Iba tumbada en al asiento trasero del coche de sus padres, mirando por la ventana. Su hermano Leo estaba frente a ella y la iba imitando. Iban en silencio, aunque podían hablar todo lo que quisieran. Desde que Leo era el genio creador de la palabra Blerrinad, que según decía Miqui Dantart lo más probable es que hiciera referencia a algún tipo de sensación ligada con la calma, su familia y ella misma tenían crédito ilimitado en materia de palabras. Pero no tenían costumbre, así que iban en silencio.
Tardaron un rato en llegar a La Factoría de Ideas, porque la lluvía había provocado mucho tráfico. Su padre se quejaba ocasionalmente, pero a ella le encantaba viajar tumbada en la parte de atrás, no viendo más que el cielo. Sin embargo, el viaje llegó a su fin y Elorap y su familia llegaron a su destino.
La Factoria de Ideas era un edificio enorme, más grande de lo que Elorap había visto jamás. Y era de cristal. Veías a la gente moverse en el interior como si fueran pequeñas hormigas. Los veías atender a sus cosas, moverse de un sitio a otro como en una enorme colmena transparente. No era como el colegio de Elorap, con esas paredes naranjas. Aquí podías verlo todo. Era maravilloso. Leo por su parte parecía más interesado en detalles insustanciales como el hecho de que había pelícanos en una fuente cercana.
En las escaleras del complejo les estaba esperando Miqui Dantart. Elorap lo vio a través del agua de la fuente, voluble y móvil, como un pez en el agua. Saludó a sus padres efusivamente y cogió en brazos a Leo, que le dió una patada en la tripa con una alegría desaforada..
-Es un rebelde. Me encanta.
El interior del edificio no era diferente, al contrario. Ascensores, pasillos, avenidas, salas, despachos. Todo era trasparente. Y lo más sorprendente es que la gente no parecía reparar en ello. Era como si estuvieran ciegos a esa maravillosa situación. Elorap hacía muecas a la gente de dentro de los despachos cuando sus padres no la miraban con la esperanza de sacarles de su ensimismamiento, pero no hubo manera.
Miqui les condujo hasta un ascensor de cristal.
-Creo que ya va siendo hora de que conozcan a los compañeros de Leo.
¡Los niños albinos de la tele! Sus amigos del colegio no se lo iban a creer. Elorap se acercó a Miqui Dantart
-¿Cuanta gente hay en el edificio?
Miqui la miró.
-Unos pares de miles
-¿Cuantos pares?
La madre de Elorap la reprendió por hacer esa pregunta, pero era evidente que la respuesta de Dantart era incompleta. No era lo mismo dos pares de miles que diez pares.
-La verdad es que no lo sé, Elorap. Pero si quieres que lo pregunte puedo hacerlo
-Sí.
La respuesta de Elorap pareció desconcertar a Miqui, pero si le molestó no dijo nada que pudiera llevar a creer que así era.
Llegaron a una sala con las paredes también trasparentes, pero de color azul. En el interior había un grupo de seis niños y niñas. La mayor parte de ellos tenían el pelo blanco. Se estaban riendo.
-Y entonces- decía uno- me dice “No creo que esa palabra sea adecuada para el color rojo”.
Los demás niños se cayeron al suelo de la risa.
-Que idiota.- Dijo una niña de la edad de Elorap.
Cuando Leo y su familia entraron en la sala, los niños se cayaron. Iban en unos graciosos pijamas de colores y a su alrededor se amontonaban juguetes, aunque algunos eran ya un poco mayores para andar con esas cosas, penso Elorap.
-Pequeños creadores. dijo Miqui- Os presento a un nuevo amigo. Se llama Leo y ha inventado una fantástica maravilla: Blerrinad.
Los niños miraron a Leo y empezaron a bombardearle a preguntas: ¿Que tipo de palabra es esa? ¿Crees que será un nuevo color? ¿Puede ser un estado de ánimo? ¿Has juntado dos ideas para llevarla a cabo?
Leo les miró a todos y les dedicó una amable y sonora pedorreta. Luego pegó un grito y se lanzó hacia una colmuna de peluches como si hubiera encontrado el paraíso.
Llovía. Elorap volvía a casa en su coche. Iba atrás, sola. Su hermano se había quedado en la Factoría. Sus padres no hablaban. Habían dicho que allí estaría bien. Elorap se había despedido de él con un “adiós” porque le daba vergüenza que los otros niños le vieran darle un beso y ahora se arrepentía. Las gotas de lluvía caían sobre el cristal. Miqui Dantart había dicho muchas cosas y había calificado el momento de “Gláudico”, que era la palabra de moda esa semana. Elorap quería sentirse orgullosa de su hermano, pero sólo tenía ganas de llorar.
Creía que no iba a verle más. Se equivocaba.
Primera Parte
Capítulo Cinco
Ya lo hemos mencionado anteriormente, pero merece la pena dedicarle apenas un par de segundos más, aún a riesgo de perder su atención. Cómo en la casa de Elorap (y en todas las casas de la ciudad, el país y el mundo) hablar costaba dinero, no se hablaba mucho y nunca se usaba el teléfono. El teléfono, como bien sabía Elorap, era para emergencias. Ella nunca lo había usado y era un aparato de la casa al que tenía una manía especial. Para empezar hacía un ruido completamente insoportable. Además de eso, siempre se usaba para cosas urgentes. El tipo de cosas que hace que una niña de la edad de Elorap deje de hacer lo que está haciendo y tenga que empezar a hacer otras cosas al doble de velocidad. La mayor parte de las veces que sonaba era para dar algún tipo de noticia desagradable. Alguna de esas veces su madre o su padre habían acabado medio llorando. Desde el punto de vista de Elorap, el teléfono era una herramienta completamente prescindible. Es más, no quería darle tan alto estatus. Una calculadora era una herramienta (“La única herramienta” a los ojos de Elorap) Un reloj, aunque molesto por su tendencia a meter prisa, era una herramienta. Un paraguas, unos zapatos, etc. Pero ¿un teléfono? Por su consistencia, Elorap había aceptado otorgarle el estatus de “cosa”, pero de ahí no subía.
La cuestión es que “la cosa” estaba sonando con su desagradable sonido metálico y martilleante y lo hacía a una hora en la que no significaba “prisa”, sino “malas noticias”. Eran las cuatro de la madrugada.
Elorap escuchó el teléfono y se despertó de inmediato. Se le abrieron los ojos como dos enormes platos de sopa y le empezó a martillear el corazón con un ritmo continuado. Escuchó los pasos descalzos de su madre pasando delante de su habitación en dirección al salón. La escuchó hablar, pero no entendió lo que dijo. Escuchó que colgaba y volvía a la habitación. Oyó como se encendía la luz de la mesilla de sus padres y no escuchó como se apagaba. Los minutos pasaban y pasaban y sus padres no apagaban la luz. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué había pasado?
Elorap era especialista en saber lo que estaba pasando y hacer que su cerebro mirara hacía otro lado, pero esa noche era evidente que aquella llamada había referencia a su hermano. A Leo. A quién hacía semanas que no veía.
Durante el transcurso de esas semanas, Elorap se había dado cuenta de lo extremadamente “útil” que era su hermano en materias de importancia tales como el entretenimiento en pareja, esconder comida o molestarla mientras hacía sus deberes de matemáticas. Esta última actividad le había deparado una enorme sorpresa, pues siempre había considerado las constantes molestias de su hermano como un motivo de enfado en grado tres: Grito, persecución y pelea a puñetazos. Sin embargo, la primera tarde que no vino a molestarla al no encontrarse en casa, Elorap sintió una absurda e irrefrenable necesidad de llorar. Aquella noche lo hizo copiosamente mirando a la pared de su habitación. Poco después había tenido que empezar a asumir que Leo no estaba ni estaría y que iba a tener que desarrollar una faceta de juegos completamente nueva.
Esa mecánica de experimentación le había entretenido bastante y tras unos días de investigación entre sus compañeros de clase había llegado a la conclusión de que debía hacerse con un “amigo invisible”. El problema es que Elorap no imaginaba las cosas, las diseñaba. La imaginación era un soporte demasiado volátil para su mente. Ella necesitaba una regla, un papel y algún componente más. Estaba convencida de que podría llegar a “construirse” un hermano nuevo. Aunque unos días después había descubierto por primera vez en su vida que el paso del papel a la realidad era sumamente complicado.
La puerta de su habitación se abrió y entró su madre. Iba en bata, con el pelo suelto y sin maquillar. Elorap pensó durante un segundo que así era como más guapa estaba, pero la preocupación que reflejaba su rostro hizo que Elorap se inquietara de verdad.
-¿Qué ha pasado?- le dijo.
Su madre la miró y se sentó a su lado en la cama.
-Es Leo.
Elorap contuvo la respiración.
-Cielo, ¿tú has notado que tu hermano está más tranquilo cuando tú estás a su lado que cuando no?
-No- dijo Elorap.
Su madre era cariñosa, pero no muy lista. ¿Cómo iba a saber ella si su hermano estaba más calmado si estaba con ella si cuando no estaba con ella no podía ver como de calmado estaba su hermano. La lógica no era la materia en la que su madre destacaba. Elorap había notado que muchas personas mayores carecían por complejo de lógica y temía que fuera algo que uno fuera perdiendo con la edad.
-Sí, Elorap. Cuando Leo está contigo está mucho más tranquilo.
Por otro lado, su madre no le mentiría nunca, así que debía llevar razón en esta ocasión.
-Han llamado del sitio donde llevamos a tu hermano hace unas semanas...
Su madre hizo una pausa y miró a Elorap a los ojos. Parecía que estaba suplicando.
-Quieren que vayas a vivir allí.
-Pero, ¿qué le pasa a Leo, mamá?
De nuevo, su mente estaba jugando al escondite con las últimas informaciones recibidas.
-Dicen que está enfermo y creen que tú puedes “curarle”.
Elorap miró la cara de su madre y pensó en su hermano: En sus molestos juegos, en su incansable capacidad para ponerla de los nervios, etc. Y supo que la respuesta a la pregunta de su madre era “sí”.
Iría a la Factoria de Ideas y al departamento de creación, aunque no fuera un genio. Curaría a su hermano. Y si tenía tiempo pensaría en alguna forma de estropear de forma definitiva todos los teléfonos del mundo. Quizás con su “amigo invisible bastante visible aunque por otro lado no más que un proyecto” podría hacerlo.
Primera Parte
Capítulo Seis
Les pusieron en una habitación juntos, los dos solos. Todo el mundo fue muy cuidadoso con ella y muy educado. No hizo que se sintiera menos extraña en medio de toda aquella gente que insistía en que su hermano estaba enfermo. Elorap no veía enfermedad por ningún lado. Su hermano estaba igual que siempre, lo único que pasaba es que no había vuelto a decir ninguna otra palabra. Tampoco había avanzado en el significado de Blerrinad, lo cúal no era de extrañar, porque Elorap tenía claro que su hermano podía ser un genio, pero muy listo no era. Inventar cosas era una cosa, que sirvieran para algo era algo bien distinto.
Pasaba los días con su hermano y se dedicaban, básicamente, a jugar. Pero Elorap notaba una tensión que hacia que el juego fuera cada vez menos divertido. Digamos que siempre había jugado con Leo porque sí, porque les divertía, no había un objetivo en el juego, el propio juego era el objetivo. No perseguían nada con ello. Ahora jugaban para que Leo “se curara” y volviera a ser el genio que era. Ahora jugaban bajo la mirada de Miqui y otros coordinadores de área, planta y sección. Todos muy amables. Todos muy comprensivos. Todos muy extraños a los ojos de Elorap. Además, echaba de menos a sus padres.
A las dos semanas de estar allí y sin haber tenido ningún resultado aparente, Miqui le propuso a Elorap que acompañara a su hermano también cuando estaba con los otros “creadores”: Los niños álbinos. A Elorap no le hacía mucha gracía, pero terminó por aceptar.
Entró en la sala de los juguetes, donde ya estaba su hermano y los demás niños albinos se acercaron a ella con curiosidad. Elorap pensaba que estarían enfadados con ella porque, de alguna manera, era una intrusa, pero al contrario: Parecían encantados con su presencia.
-Es perfecto- dijo uno- por fin tenemos a alguien normal a quién contarle nuestras ideas.
-Alguien como nosotros. Que nos entiende.
La trataban como una igual, pero parecía que querían sacar algo de ella. No paraban de decir que eran “iguales”, pero era evidente que no. No sólo porque su interés por las matemáticas era más que dudoso, sino porque no dejaban de recordarle a cada minuto lo iguales que eran y eso es muy raro.
Le preguntaban por el significado que habían elegido para las palabras que habían inventado. Elorap respondía con la mayor sinceridad, pero esos niños (Algunos más mayores que ella) respondía de la manera más extraña: Unos agradecían sus consejos como si fuera una especie de oráculo, otros se enfadaban con ella y decían que “no les entendía”. Elorap se limitaba a ser sincera. Dolorosamente sincera, a veces. Se decía que era la única manera de mantener el control de la situación.
Los niños albinos le presentaban sus ideas a los coordinadores de las distintas areas y luego se quejaban si les cambiaban algo: “Ellos que sabrán”- decían.
Una mañana, Elorap se dio cuenta de que a su hermano le había salido un mechón de pelo blanco y se dio cuenta de que Leo estaba empezando a cambiar. Por ejemplo, dormía muy mal, cosa que no le había pasado nunca. Descuidaba detalles en el juego y cada vez pensaba menos en las cosas que tenía a su alrededor. Cada vez estaba más ensimismado. Elorap estaba preocupada. Llego a pensar que si no inventaba nada más le dejarían marchar y que era mejor ayudarle. Luego penso que entonce sus padres perderían su crédito y ya no podrían hablar nunca más. Le gustaba hablar. Se había dado cuenta de que era muy divertido y era mucho más fácil explicar cosas concretas como inventos y modelos. Por cierto, hacía semanas que a Elorap no se le ocurría ningún ingenio nuevo. Su mente estaba siendo colonizada por preocupaciones, preguntas de niños Albinos y otras tensiones propias de otra edad o quizás de ninguna.
Una noche encontró a Leo llorando y cuando le preguntó lo que le pasaba el niño no fue capaz de explicarse. Tenía que hacer algo, así que tomó una decisión. Quizás supondría su exulsión y la de su hermano, pero era lo único que se le ocurría.
Caminó por el pasillo hasta el despacho de Miqui. Le vió a través de las paredes de cristal. Estaba hablando por teléfono y parecía contento, mejor. Elorap entró sin vacilar y se sentó en la silla del despacho. Miqui hablo un poco más por teléfono. Elorap empezó a ponerse nerviosa, ¿y sí salía mal? ¿Y si la descubrían? Pensó en bajar de la silla e irse de ahí, pero era demasiado tarde.
-Dime, Elorap. ¿Cómo va todo? ¿Estáis bien? ¿Tenéis todo lo que necesitáis?
-Si- dijo Elorap- Todo bien.
-¿Entonces?
Elorap tirtubeó un segundo. Miró a Miqui a los ojos buscando algún destello que le permitiera plantearse qué tal le iba a salir el plan, pero no encontró ninguno.
-Es que… mi hermano Leo ya sabe lo que quiere decir Blerrinad.
Miqui estaba sonriendo mientras hablaba con ella, pero al escuchar eso consiguió sonreír aún más. El movimiento de su cara fue fascinante.
-¡Eso es maravilloso¡
-Lo que pasa es que solo me lo quiere contar a mi.
-¡Claro! Un tímido. Perfecto, perfecto. Hemos tenido algunos así. Luego se les pasa.
Estaba funcionando. Elorap no daba crédito a lo que estaba pasando.
-¿Y qué quiere decir?
Ahora es cuando Elorap se lo jugaba todo.
-Es… ¿Sabes cuando estás triste, pero no sabes bien por qué?
Miqui asintió con la cabeza, ¿la estaba creyendo?
-Pues hay veces que tienes esas sensación y quieres estar en otra parte, pero no sabes cual…
Miqui volvió a asentir. Elorap estaba copiando el tipo de cosas que escuchaba decir a los niños albinos y parecía estar funcionando.
-Eso es Blerrinad. La sensación de estar triste sin saber porqué y querer estar en otra parte sin saber cuál es.
Hubo un segundo de silencio. Después Miqui empezó a reír a carcajadas y miróa Elorap.
-Elorap. Tú hermano es un genio. Dile que ya puede empezar con su próxima palabra.
Elorap estaba anonadada. Se tiró toda la tarde y parte de la noche pensando en lo sucedido. Había mentido de la manera más simple y burda y sin embargo ¡había funcionado! Podía incluso inventarse la nueva palabra y un nuevo significado y su hermano y ella podrían jugar con total tranquilidad. Pero, entonces, ¿Cúal era el misterio? ¿Por qué tanta angustia y tantas preguntas? Era facilismo. Si ella podía hacerlo cualquiera podría.
Pensaba en éstas cosas tumbada en su cama, cuando escuchó un ruido cercano: Una risa. Parecía una carcajada, pero era más aguda y más cortante. Retumbaba por las paredes de cristal del edificio vacío. Se levantó y salió de su habitación en pijama. Vió una luz al fondo, en un cuarto que antes no había visto. Una puerta que solo se distinguía porque había una luz detrás de ella que permitía intuir el contorno de la hoja. Era la única puerta de todo el complejo que no era transparente.
Elorap caminó por el pasillo, de pronto estaba nerviosa. Escuchaba como le latía el corazón y, aunque su cerebro le pedía a gritos que no siguiera adelante, sus píes seguían avanzando hacia la luz.
Primera Parte
Capítulo Siete
Mientras andaba por el pasillo pensó en lo importante que estaba siendo en las últimas semanas su capacidad para el silencio, aunque en el departamento de creación no hacia falta ser muy discreta porque todo el mudo estaba hablando todo el rato. Sin embargo, era de noche y noche y silencio son dos palabras que se unen casi sin quererlo, como “salto” y “golpe” y otras menos fatalistas.
Los cristales transparentes reflejaban su pijama de color azul claro, pero su pelo moreno absorbía mucha luz, así que casi parecía que Elorap era un pequeño fantasma flotando en dirección al haz de luz que había aparecido al fondo del pasillo, donde supuestamente no había nada.
Cuando estuvo cerca sintió un momento de terror, pero se obligó a seguir adelante con valentía. La luz era de un color dorado, casi denso. Se acercó a la rendija y se dio cuenta de que se trataba de una puerta que se abría hacia dentro. Puso las manos sobre la superficie opaca y contuvo la respiración. Empujó un poco y el haz de luz se desparramo por el pasillo. Se acerco a la rendija y abrió mucho los ojos para ver el interior.
La luz provenía de una esfera enorme que colgaba suspendida del techo. Era como una pelota formada por miel. Su superficie se “derramaba”, aunque no llegaban a caer gotas al suelo. La esfera brillaba con esa luz dorada tan particular y hacía un sonido extraño, una especie de ronroneo que, de alguna manera, le recordó a Elorap al sonido que hacían las cosas cuando las escuchaba a través de una puerta o cuando de más pequeña metía la cabeza en un cubo o escuchaba a través de un vaso de cristal. A pesar de la luz que “salía” de la esfera la habitación estaba prácticamente a oscuras. Sin embargo, en la esfera se podían ver reflejado un rostro que Elorap no era capaz de reconocer. Era un hombre cansado, ojeroso y triste. Movía la boca arriba y abajo y cerraba los ojos con fuerza. Tenía una sombra de barba mal cuidada y los ojos rojos. Elorap tuvo que dedicar unos segundos a examinar la figura para darse cuenta de que el hombre reflejado era una especie de hermano gemelo de Miqui Dantart. Porque no podía ser Miqui. Miqui no era así, Miqui era mucho menos… real. Más dinámico. Las palabras salían de su boca como si fueran haciendo surf a través de una ola gigante, mientras que éste hombre tenía una cierta babilla corriéndole en la comisura de los labios. No podía ser Miqui y sin embargo, lo era. La sensación que tenía Elorap es que el auténtico Miqui guardaba a su hermano malo en aquella habitación, con aquella esfera dorada de color dorado y aspecto aceitoso.
Miqui se rió, con un sonido estridente y continuado. Sonaba como cuando chirrían los dientes. Elorap sintió un escalofrío y cerró los ojos un momento. Sintió el aire moverse. Miqui avanzaba. Si la descubrían allí podría tener graves problemas, pero Elorap no podía moverse. Miró hacia atrás, al pasillo vacío y sintió una nueva sensación de miedo. No debía haber mirado para atrás. Nunca se debe mirar para atrás, todo lo que hay detrás es demasiado grande y complejo y, sobre todo, todo lo que hay detrás sigue estando detrás cuando uno mira hacia delante, solo que ya no lo vé y por eso es terrorífico. Elorap decidió abrir los ojos aunque eso supusiera encontrarse de cara con aquel tipo que había suplantado a Miqui Dantart, pero nadie se había acercado a ella. Al contrario. Miqui iba en dirección a la esfera y en el momento en que Elorap abrió los ojos, estaba a punto de tocarla.
Los dedos de Miqui Dantart se fueron tiñendo de dorado hasta que los metió en el interior de la esfera. Al hacerlo, empezó a sonreír y sus dientes empezaron a parecerse a los del Miqui que Elorap conocía. La figura sacó los dados de la bola y se frotó los dientes con ellos. Lo hacía con ansiedad, sin disfrutar del momento. Elorap estaba asustada y a la vez fascinada de lo que estaba viendo. Ante sus ojos, Miqui empezó a ser Miqui otra vez. Elorap no podía dejar de mirar como la sustancia dorada iba atravesando a Miqui y convirtiéndole de nuevo en ese ser excepcional que ella conocía. Sin embargo, ahora le daba miedo. De alguna manera podía ver que ese baño dorado no era más que una cáscara y que debajo estaba el hombre babeante. El contraste daba más miedo aún.
Elorap estaba mirando a Miqui cuando escuchó un sonido detrás de ella. Alguien le hacia una pedorreta. Miró hacia atrás y vió a Leo sentado en pijama en medio del pasillo. El corazón le empezó a palpitar a mil por hora. Miqui se detuvo y miró hacia la puerta. Elorap no sabía si la había visto o no, porque ya estaba corriendo por el pasillo. Ya estaba con su hermano en brazos. Ya estaba metida debajo de la cama, escuchando. Escuchó a Miqui salir de la habitación y cerrar la puerta. Escuchó su respiración, como la de un lobo. Paseando por el pasillo. ¿la había visto? ¿Sabía que ella conocía su secreto?
Su hermano Leo tardó poco en dormirse. Elorap no pegó ojo. Había conseguido dormir una hora cuando una voces la despertaron. Era de día. Las voces chillaban con terror. Algo malo había pasado.
Primera Parte
Capítulo Ocho
Elorap salió al pasillo y dedicó una fracción de segundo a mirar al fondo del mismo, dónde estaba la habitación secreta de Miqui, pero a la luz del día era imposible verla. Cuando todo está iluminado es mucho más difícil percibir las cosas tal y como son. El exceso de luz no se diferencia mucho del exceso de oscuridad. La mente de Elorap podía ponerse a andar como si tuviera un motorcito propio que la alejaba de la percepción. De lo que le decían sus sentidos. Todos decían por ello que era una chica despistada, pero lo cierto es que lo registraba absolutamente todo. Y en ese momento, mientras pensaba en la luz y en la oscuridad, lo que sus ojos y oídos estaban registrados era un follón considerable.
La gente corría de un lado a otro angustiada. Había gente sentada en los bancos transparentes de los pasillos transparentes que lloraba angustiada. Había gente hablando muy seria con un tono de voz inflexible. Había gente parada sin saber muy bien qué hacer. Había gente hablando por teléfono.
Elorap iba caminando por uno de los pasillos superiores y todo el mundo se dirigía hacia abajo. Miró por la barandilla y pudo ver, al fondo, cuatro o cinco pisos más abajo, una mancha de color azul, blanco y rojo. Era una mancha azul como el pijama de Leo. Era una mancha blanca como el pelo de los otros creadores. Era una mancha roja como el color de la sangre.
Elorap bajó corriendo la escaleras, saltó varios escalones y llegó hasta el último piso tan rápido como pudo. Ya había una buena concentración de gente en la zona, Pero Elorap los empujó a todos para ponerse en primera fila. Era uno de los chicos albinos. Uno con el que había hablado un par de veces que estaba preocupado por no encontrar una palabra para describir “La ansiedad de esperar algo que nunca llega”. Elorap le dijo en su momento que esa palabra ya existía, que era la impaciencia y el chico se había enfadado con ella. Últimamente le había visto solo, murmurando cosas sin mucho sentido, pero no le había dado importancia.
Tenía sangre saliéndole de los oídos y de la nariz. La de la nariz le había hecho una gran mancha de color escarlata sobre el pijama azul. Elorap había pensado que el chico se había caído desde uno de los pisos superiores, pero viendo la sangre y que no tenía ningún golpe, llegó a otra conclusión. Al chico le había pasado eso que decía su padre cuando la veía estudiando sin parar: “Si piensas tanto, un día te va a estallar la cabeza”. El chico albino tenía la cabeza en su sitio, pero parecía que todo lo que había dentro había decidido dar un paseo como cuando mueves una botella con gas y luego le quitas el tapón. Elorap nunca había pensado que pensar pudiera ser peligroso. Pero allí los niños albinos no pensaban. No era como cuando ella jugaba con las ecuaciones de primer y segundo grado. No era un juego porque los juegos no tienen consecuencias. Se juegan para eso, para probar que pasaría si uno hiciera tal cosa sin enfrentarse al riesgo de hacerla de verdad. Si fuera un juego no pasaría nada por no encontrar la palabra que significa “La ansiedad de esperar algo que nunca llega”. Elorap sintió un escalofrío.
Miqui apareció en el grupo. Elorap pudo verle reglejado en el charquito de sangre cercano al niño albino. Parecía tranquilo. ¿La había visto? Seguramente sí. Le miró con gesto de preocupación, pero Miqui no la estaba haciendo caso.
-Por favor, por favor. Un momento de calma. Ya sabéis que Todog estaba enfermo. Era cuestión de tiempo que pasara algo así.
Elorap, ya lo hemos dicho muchas veces, tenía cierta descoordinación entre su mente y sus otros órganos. Su boca, por ejemplo, había aprendido a decir las cosas antes de que su cerebro le dijera si era prudente o no. Así que mientra su cerebro temblaba de preocupación, su boca dijo (Y lo dijo bien alto)
-¡Y si estaba enfermo porque le teníais trabajando sin parar!
Miqui sonrió.
-Elorap, cielo. Aquí no se trabaja. Aquí estamos creando.
Todo el mundo se río. Elorap no esperaba esa reacción. ¿Es que no veían que ese chico había muerto? La risa entró en su mente y conectó algún mecanismo que hizo que a Elorap se le llenaran los ojos de lágrimas. Quiso decirles “¿Qué os pasa? ¿Estáis locos?” Pero quizás por herencia de los tiempos en los que no podía hablar se limitó a gritar con todas sus fuerzas.
Subió de nuevo las escaleras, rabiosa. No podía creer lo que estaba pasando. No miró hacia atrás. Si lo hubiera hecho hubiera visto quizás la mirada de Miqui mientras reía. Una mirada que durante un segundo parecía la de alguien lleno de hambre y odio.
Elorap subió a su habitación y cerró la puerta con fuerza. Su hermano estaba dentro. Ni siquiera la miró cuando entró.
-Leo, ha muerto uno de los niños Albinos.
Leo la miró, parecía más mayor que la noche anterior.
-Tengo mucho lío, Elorap.
Su hermano nunca había hablado así. A decir verdad, además de Blerrinad, no había dicho nada reseñable desde que llegarón.
-En serio, tengo que sacar esta nueva palabra- Insistió Leo.
Elorap se dio cuenta de que su hermano tenía un nuevo mechón de pelo blanco y tomó una decisión. Una decisión definitiva.
Primera Parte
Capítulo Nueve
Hubo un funeral. Todo el mundo iba de blanco. Vinieron los padres de Todog, que parecían moderadamente preocupados por su hijo (al que no veían desde hacía dos años) Les dijeron que El Departamento de Creación iba a sentir mucho su ausencia y ellos preguntaron si su crédito de palabras iba a quedar cancelado o no. Les dijeron que no. Elorap suponía que los compañeros de Todog habrían preparado algo para despedirle, pero no fué así. Al contrario, el funeral se insertaba en la rutina de la factoria con una efectividad pasmosa. La conclusión que sacó Elorap era evidente: Había pasado más veces. De vez en cuando, alguien moría en la factoría. Un niño Albino salía al encuentro de la eternidad. La Eternidad era mucho tiempo y pensar en ella hacía que Elorap sintiera como un peso, pero en cualquier caso no parecía algo agradable y a nadie parecía importarle. Elorap se encontró deseando sentirse triste por un chico al que, realmente, casi no conocía.
Además, tenía otros problemas más urgentes: Su hermano Leo estaba cada vez más centrado en su trabajo, más ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Apenas conseguía jugar con él una hora al día y notaba que el chico se aburría cada vez más. Pero ella había tomado una decisión, la cuestión era trazar la linea que iba de su mente a la realidad y, al igual que cuando intentó fabricarse un hermano de juguete, estaba comprobando que conseguir algo así era realmente complicado.
Había descompuesto el problema en tres elementos decisivos, porque así era como resolvía cualquier otra cuestión. Por un lado estaba la cuestión personal. Si se iban de allí les iban a buscar y, probablemente, hiciera sufrir a sus padres. Ese problema lo resolvió enseguida al comprender que lo hacía por el bien de Leo y que pasados unos días convenientemente escondidos podría hablar con sus padres y ellos entenderían que lo había hecho por una buena causa. Probablemente la castigarían por desobedecer a un mayor, pero el resultado de la operación valía el coste de un castigo.
Por otro lado estaba el propio Leo, ¿querría irse de allí? ¿Cómo iba a convencerle? Era un tema sobre el que seguía trabajando, pero tenía la determinación de sacarle de allí aunque él no quisiera, para eso era su hermana mayor. Aunque ocasionalmente se reconocía a sí misma que quizás necesitaría una argumento más sólido para imponer su autoridad.
El tercer problema era técnico y le estaba costando horrores resolverlo. El edificio del que debía escapar sin que la vieran era transparente. Por la noche la escapada era impensable (Había intentado durante dos noches seguidas llegar a la puerta y siempre le habían descubierto en el edificio principal alguno de los guardas y su excusa en torno a problemas urinarios cada vez era menos creíble) El resto del tiempo estaba lleno de gente que podía verles en cualquier momento. Ese problema lógico la estaba volviendo loca y era la piedra en el zapato de su plan. Se pasaba el día agarrada a un cuaderno donde iba apuntando las opciones para huir de esa bella caja de metal transparente que se había convertido en una cárcel.
Todog había muerto mientras buscaba una palabra para definir la espera ante algo que nunca llega y Elorap le había dicho que es palabra era la impaciencia, pero ahora Elorap estaba esperando algo que no era capaz de imaginar y la sensación era completamente distinta. le hubiera gustado que Todog diera con su palabra. Se dió cuenta esos días de la importancia de los nombres de las cosas, pero todos esos pensamientos no la ayudaban en nada a acercarse a una respuesta mínimamente útil a su plan.
Sin embargo, sin angustia se disipó de la manera más paradógica, tras una llamada de Miqui. Elorap acudió a su despacho y el administrador (Elorap no estaba segura del trabajo concreto que realizaba Dantart en la Factoría) le dijo que su trabajo allí había conclusído. Su hermano estaba produciendo a pleno rendimiento y su presencia ya no era necesaria. Elorap intentó protestar, pero Miqui la aplastó con una argumentación contundente.
-Es puro sentido común, niña. Las cosas, Elorap, no son como tú sueles creer, complicadas. Al contrario, son muy sencillas.
Miqui había sacado una moneda y la había puesto al borde de la mesa.
-Esta moneda, por ejemplo, si la empujo crees que caerá ¿hacia arriba o hacia abajo?
Elorap le miró como si le estuviera respondiendo a uno de sus aburridos profesores.
-Para abajo. Es la ley de la gravedad.
-Exacto. La moneda obedece a la ley de la gravedad.
En ese momento, Elorap vió claro lo que debía hacer. La moneda no podía desobedecer a la lay de la gravedad, pero ella sí. Miqui querría que todos los que estaban en esa caja de cristal obedecieran a la lay de la gravedad como si la ley de la gravedad fuera natural, pero para Elorap no lo era. Ya sabía cómo escapar.
Fué a buscar a su hermano a su habitación. Leo estaba sentado en la cama, sin hacer nada.
-Leo- le dijo- ¿A tí te gusta éste sitio?
Leo se encongió de hombros.
-No está mal- dijo.
-¿No te aburres?
-No.- repitió el niño.
-¿Te acuerdas de cuando jugábamos toda la tarde al escondite?.
Leo se sonrió.
-Es que ahora tengo cosas que hacer- le dijo a Elorap como si fuera la respuesta más normal del mundo.
-¿Por qué?- le preguntó Elorap.
Leo parecía confundido. Nunca hacía pensado en el motivo por el que “debía” hacer esas cosas.
-Es lo que sé hacer.
-También sabes jugar.
-Sino lo hago no podremos hablar más.
-¿Y?
-Que hablar mola.
Su hermano tenía razón. Hablar molaba. Su hermano, con su simplicidad puñetera le estaba obligando a usar argumentos tan poco solidos como “pues nos vamos porque soy tu hermana mayor” Pero Elorap no quería hacer eso. No quería obligar a su hermano. De pronto tuvo una idea.
-Sabes... creo que están desaprobechando tu talento.
-¿Qué?- Dijo Leo sin entender.
-Sí. Aquí metido todo el día, ¿cómo se te ocurren estas cosas? ¿No te apetece pasear? ¿Ver cosas?
-Bueno... A veces.
-Igual es que fuera de aquí no se te ocurre nada.
-Si que se me ocurre-dijo su hermano con orgullo- Blerrinad se me ocurrió fuera.
-¿Y porque no nos vamos? Seguro que se te ocurren más cosas fuera y así podremos seguir hablando sin parar todo el tiempo que queramos.
Su hermano lo pensó un momento.
-Se van a enfadar. Miqui y los demás creadores se van a poner furiosos. Nadie sale de aquí.
Elorap se subió a la cama
-Pues tal y como yo veo esa es una regla de lo más idiota. No veo porque no puedes inventarte las cosas donde te de la gana.
Leo la miró un poco inquieto
-Baja de la cama, que te van a pillar.
Elorap se puso a saltar en la cama.
-No creo. Esos tontos no pillan ni un chiste.
Leo se río, por primera vez en mucho tiempo con una risa liberadora, alegre e infantil. Su madre siempre decía que Leo era un niño travieso. Elorap solo se lo estaba recordando.
-¿Nos vamos?
Leo le dijo que si con la cabeza, volvía a parecer un niño pequeño. Elorap bajo de la cama y sacó una mochila. Su plan de fuga acababa de ponerse en marcha y sabía que no iba a fallar.
Primera Parte
Capítulo 10
La ley de la gravedad dice que las cosas no se quedan suspendidas en el aire, sino que caen al suelo. En La Factoría de Ideas las paredes eran trasparentes. El edificio se podía ver desde fuera y desde dentro. Las personas andaban cómo si estuvieran suspendidas en el aire, porque el
suelo también era transparente. Nadie se escapaba de ese edificio. Nadie salía de allí sin que los demás lo supieran porque todos se veían entre sí y todos se vigilaban. Eso no quería decir que la gente no entrara y saliera, el ir y venir era constante.
Elorap se había dado cuenta de que las leyes de los hombres y las leyes de la física y la matemática tenían poco que ver: Unas eran rígidas y contundentes, las otras eran modulables y cambiantes. Así que la ley de la gravedad podía desobedecerse. Si un semáforo estaba en rojo decía que no podías pasar, pero si te ponías a andar sí que podías hacerlo. Por el contrario, volar era imposible.
Evidentemente, al cruzar con el semáforo en rojo tenías más posibilidades de ser atropellada, pero si las asumías, era evidente que podías cruzar al otro lado. De la misma forma, huir de la factoría estaba prohibido y- en teoría- era imposible. Ahí había un fallo evidente. No se podía prohibir lo imposible, es decir, se podía pero era redundante y la redundancia era contraria a un pensamiento científico un poco organizado. Sería como prohibir ser inmortal o prohibir volar, siguiendo el ejemplo anterior. La conclusión lógica que se podía sacar de cualquier prohibición- había deducido Elorap en el transcurso de las últimas semanas- es que se prohibían las cosas que se podían hacer. Luego si estaba prohibido huir del edificio de la Factoría y del departamento de creación, es evidente que podía hacerse.
Y así lo estaban haciendo Leo y su hermana mayor.
Elorap había descubierto también otra cosa mientras tenía su “última conversación con Miqui Dantart”. Miqui decía que las cosas eran sencillas. Que si tirabas una moneda desde lo alto, caería. Por el contrario, Elorap pensaba que las cosas eran tendencialmente complicadas. Miqui estaba absolutamente convencido de que la moneda caería no porque le interesara lo más mínimo la ley de la gravedad, sino porque la moneda “siempre había caído hacia abajo”. De la misma forma, el edificio transparente de La Factoría de Ideas imposibilitaba la huida solo porque nadie había escapado nunca. Era una trampa, pero una trampa mental.
Si no crees que puedes fugarte nunca te fugas, pero Elorap quería fugarse y sólo tenía que luchar contra las miles de mentes similares a las de Miqui que pensaban que nadie podía escapar del edificio. Si nadie podía escapar del edificio la mejor manera de hacerlo era… no hacerlo. No escapar. Caminar tranquilamente hasta la puerta y esperar que la gente que te viera pensara que tenías que salir por algún motivo. Dejar que el semáforo rojo de su mente hiciera el trabajo. Esa era le teoría de Elorap. Y era una buena teoría porque estaba caminando en dirección a la puerta principal con su hermano agarrado de la mano y nadie parecía haber reparado en su presencia.
Todo el mundo les había visto y, sin embargo, nadie lo había hecho. Caminaron sin parar, sin hablar, sin detenerse ante nada. Sonrientes y con total naturalidad hasta llegar a las puertas del edificio. Todo iba bien… y ese era el problema.
Elorap sabía que su hermano era un niño travieso y había utilizado esa “capacidad” para convencerle de que se marcharan de allí. El problema era que la travesura, por definición, necesita de otro que la vea. Si no te pillan no es tan divertida. La travesura es el proceso, la huida no es más que el resultado. Elorap quería irse sin hacer ruido, Leo quería ser descubierto. Eso explica porque justo antes de atravesar las puertas del edificio hacia la plaza de las fuentes que habían visto ese día lluvioso en el que Elorap y sus padres llevaron a Leo al edificio, Leo se dio la vuelta y dedicó una sonora pedorreta a toda la sala.
El sonido atravesó el edificio con la misma nitidez que la luz atravesando un cuerpo transparente. Elorap contuvo la respiración. Quizás no pasara nada. Su corazón no paraba de golpearle en el pecho como una caja de ritmos que ha perdido el control. Quizás no pasara nada. Se hizo el
silencio. Un silencio espeso, intranquilo. Todo el mundo se había quedado mirando al niño y la niña de la puerta de entrada. Leo empezó a reír, satisfecho con la atención que había recabado para su persona, Elorap no estaba tan alegre. Quizás no pasara nada.
Uno de los guardias de la puerta que se encontraba en la recepción de entrada levantó la mano para darles el alto y Elorap no puedo esperar más. Cogió a su hermano de la mano y tiro fuerte de él hacia fuera. Afortunadamente, la pedorreta había sido junto a la puerta. Cruzaron las hojas de cristal del edificio trasparente y salieron corriendo por la plaza de las fuentes.
Elorap no miraba atrás. Corría con toda la potencia que le permitían sus piernas sintiendo tan solo la mano de su hermano tras ella y mirando solo hacia delante. La determinación de su escapada luchaba contra su fuerza física y contra la evidencia de que los guardias que, seguro iban detrás de ella, corrían más.
“No se corre con las piernas”- Se dijo- “Sino con la cabeza”. Era un viejo dicho de su profesora de matemáticas. Su favorita. Elorap intentaba correr con la cabeza, pero las piernas llevaban franca ventaja. No oía nada más que el tráfico a su lado, pero eso era normal. Casi había olvidado que fuera de La Factoría hablar costaba dinero. Podían estar justo detrás de ella y jamás se enteraría... Miró hacia atrás. Uno, dos, tres... cinco guardias corrían tras ella y, como suponía, le estaban comiendo terreno.
Delante había un puente y por debajo cruzaba una carretera de dos carriles. Las piernas le decían que tarde o temprano les iban a coger. La cabeza le decía otra cosa.
Se dio la vuelta y cogió a su hermano en brazos. Caminó hasta el borde del puente y esperó a que pasara un coche alto. Los guardias estaban cada vez más cerca, pero ella mantenía el control: “Corre con la cabeza”. Leo la miró asustado. Acababa de darse cuenta que su fuga no era una travesura más. Ya legaban, estaban ahí. Un autobús entró en el túnel... Elorap contuvo la respiración y saltó, justo cuando el primero de los guardias iba a atraparla.
Calló en el capó del autobús y noto como la pierna derecha le daba un fuerte tirón. Gritó, pero en seguida se dio cuenta de que estaba bien. Leo estaba junto a ella, mirándola con emoción. Se le había salido un moco. Elorap se río de puros nervios. Todo iba bien, se alejaban del puente. Los guardias tardarían en llegar hasta allí.
En el siguiente semáforo, Leo y Elorap saltaron al suelo y siguieron corriendo. Corrieron y corrieron hasta encontrarse en un callejón un poco apartado. Allí, Elorap se sentó en el suelo a recuperar el aliento. Leo hizo lo mismo.
-¿Estás bien?
Leo la miró y se encogió de hombros.
La situación era grave. Les había pillado antes de lo previsto. Elorap querría haber tenido tiempo para llegar a casa y hablar con su madre y su padre, contarles lo que habían vivido. Pero ahora probablemente ya les habían llamado y sería mucho más difícil contarles la verdad. Por lo menos habían escapado.
Una voz se escurrió por el callejón.
-¡Quietos!
Elorap no lo podía creer, eran los guardias. Leo reaccionó rápido y salió corriendo antes que ella. Elorap le alcanzó en seguida. Seguían detrás de ellos. Una esquina a la derecha, una calle, dos, otra esquina a la izquierda... Elorap tropezó. Sus pantalones vaqueros se rajaron contra el suelo y empezó a manarle sangre de la rodilla. Leo se quedó paralizado. Los guardias estaban encima de ellos.
-No os mováis- dijo el primero- no va a pasar nada.
Estaban en un callejón sucio y lleno de charcos. Elorap estaba tendida en el suelo sin poderse mover. Su plan era estupendo y ahora todo se había ido a la porra. Su hermano acabaría muerto como Todog y encima sus padres se enfadarían con ella por iniciar esta loca aventura.
-Dejad a los niños en paz o tendréis problemas.
La voz venía de arriba y llenaba todo el callejón con una presencia áspera y contundente.
Primera Parte
Capítulo Once
La voz sonó áspera, dura. No era la voz que uno espera oír sobre su cabeza cuando es una niña que escapa de unos guardias y corre por un callejón de una gran ciudad. No es el tono de voz que Elorap (o cualquier otro niño sensato) esperaría para una voz que dice: “Dejas a los niños en Paz o tendréis problemas”. Pero era una voz y toda voz en aquella ciudad sin voz era como un disparo en un jardín de infancia.
Los guardias miraron hacia arriba casi antes que Elorap, aunque no antes que Leo, cuyos ojos estaban más abiertos de lo normal. Más negros y profundos.
Contra la luz del sol tan solo se distinguía una gabardina vieja de color verde que venía llena de un ser humano grande con pantalones de pana gastados y zapatos marrones más gastados aún. Una gabardina que colgaba del alfeizar de un cuarto piso y que se deslizaba hacia abajo a gran velocidad.
Los guardias no sabían que hacer y, simplemente, dejaron que la gabardina con el cuerpo grande llegara al suelo. La figura cayó entre ellos y Elorap. Elorap solo pudo verle la espalda verde a la gabardina verde, pero encima de la misma vio un cuello poderoso y una cabeza de un tamaño considerable, con una leve mata de pelo grisaceo que se iba curvando al llegar al cuello. Un pelo brillante y gris, aunque mal cortado.
El hombre, pues por mucho que Elorap soñara con criaturas de otro tipo en este caso se trataba claramente de un hombre (aunque a decir verdad, Elorap soñaba poco con criaturas, salvo la notable excepción de los robots, que jamás le habían parecido “criaturas” propiamente dichas, sino ingenios maquinicos nacidos en el futuro y que el ingenio humano intentaba atraer cada vez más el presente. Sueños que la acción de la ciencia y la física hacia realidad) Decía que el hombro volvió a hablar con su voz rasposa.
-¿Sabéis quién soy?
Elorap no podía ver a los guardias, pero se imaginaba unas caras de terror desencajado. Ella misma se asustó un poco de forma inconsciente y cerró los ojos. Pasaron los segundos. No se escuchaba nada. Elorap volvió a abrir los ojos. Frente a ella estaba el hombre en cuestión. Su hermano Leo estaba sentado a su lado, fascinado. No había nadie más en el callejón. El tipo era grande y corpulento, aunque mayor. Tendría unos cincuenta años, quizás más. Desde luego era mayor que el padre de Elorap (en edad y en tamaño) No tenía barba, pero sí esa piel áspera de quien se afeita de tanto en tanto. Sonreía con ironía. Ni rastro de los guardias.
-¿Eres muda?
Elorap se incorporó. No sabía qué hacer, si ponerse a hablar o no. ¿Seguirían teniendo crédito? ¿Seguro que no? El hombre debía ser riquísimo, porque hablaba sin parar… O quizás el también tenía crédito. Aunque viendo su ropa y su aspecto descuidado nadie diría que se encontraban ante alguien con recursos como para parlotear y amenazar a los guardias de la Factoría de Ideas. Quizás se gastaba todo el dinero en hablar y por eso llevaba esa ropa.
-No te preocupes, estamos en una zona de sombra. Aquí no pueden contar.
¿Una qué?
-No soy muda.
-Haces muy bien. ¿Y tú hermano?
-Es pequeño.
-Una descripción muy notable.
-Casi no sabe hablar, pero es un creador, uno buenísimo.
-¿Qué crea? ¿Muebles?- El tono del hombre era de evidente ironía. A Elorap todavía le daba un poco de miedo.
-Palabras. Ha creado la palabra “Blerrinad”
Leo se sonrío.
-Blerrinad- dijo orgulloso.
-¿Y le costó mucho?
Elorap no entendía a que venía tanto interrogatorio.
-¿Qué son las zonas de sombra?
El hombre les miró a los dos.
-Os habéis escapado de La Factoría, ¿no?
Elorap asintió con la cabeza.
-Pues enhorabuena, es bastante difícil. ¿Y qué queréis hacer?
Elorap siempre había pensado en ir a ver a sus padres, pero empezaba a parecerle una mala idea. Esos guardias eran mucho más agresivos que ellos. Si desaparecían un par de días sus padres se preocuparían y la bronca sería menor comparado con la sensación de haber “recuperado a sus hijos”
-Somos fugitivos- dijo Elorap con una mezcla de orgullo aventurero y un intento por creerse su propia aventura.
-Ah, muy bien. Pues en breve os van a encontrar, así que mi pregunta se mantiene, ¿Qué queréis hacer?
-Huír- dijo Elorap.
-Ah, muy bien,
El hombre se dio la vuelta y empezó a trepar por las ventanas del edificio. Cuando había subido apenas dos metros les miró.
-¿No venís?
Elorap se dio cuenta de que había estado todo el tiempo deseando que se lo pidera. Cogió a Leo y se acercaron a la ventana.
-¿Dónde vamos?-preguntó.
-De momento, al tejado. Estaba trabajando.
-¿En qué trabajas?
-Soy un conector.
¿Un qué?
-¿Qué es eso?
-Si me ayudas cuando lleguemos arriba te lo explico.
A Elorap le gustaba ese hombre porque respondía a todas sus preguntas. Aunque todavía le daba un poco de miedo.
-¿Cómo te llamas?
-¿Y tú?
-Yo soy Elorap y él mi hermano Leo.
-Elorap es Parole al revés.- dijo el hombre gabardina mientras seguía subiendo.
-Ya.
-Quiere decir “palabra” en Frances.
-No lo sabía.
Siguieron subiendo un poco más. Ya estaban bastante alto. Leo trepaba bien e iba entre el hombre y Elorap.
-Yo me llamo Gris.
Le dijo el hombre a Elorap cuando llegó arriba del todo, a muchos metros del suelo. Y le tendió la mano.
Primera Parte
Capítulo Doce.
Desde la azotea se dominaba toda la ciudad. Elorap jamás había estado tan alta en su vida. Una vez sus padres la llevaron a visitar una de las torres de la ciudad, pero había mucha cola y no pudieron subir. Ahora veía la ciudad desde otra perspectiva. Nunca habría imaginado que vivía en un sitio tan grande. Se extendía hasta más allá de su vista en todas la direcciones e incluso quedaba oculta por nubes de color blanco muy intenso en algunos puntos. Eso sí, todo estaba muy sucio y el sol no se veía por ningún sitio. Elorap había pensado que si uno se subía lo suficientemente alto vería el sol y siempre haría buen tiempo. O se equivocaba o no estaba lo suficientemente alto.
Gris caminó por el tejado en dirección a la cornisa del lado contrario. Leo iba detrás de él, imitando sus andares y tropezándose de vez en cuando. Elorap se acercó a él.
-¿Qué son las zonas de sombra?
Gris la miro y sonrió torciendo la boca. Se acercó a una bolsa grande de tela verde y sacó una palanca de color negro y aspecto bastante amenazador. Volvió a sonreír.
-Has dicho que me ibas a contar lo que son las zonas de sombra.
-No he dicho eso.
Me ha dejado intrigadilla, estoy impaciente por seguir leyendo.
Me gusta, me gusta...
+1
Dalia | 13 de Febrero de 2007 - 12:18 PMCurioso comienzo...
jkvelez | 13 de Febrero de 2007 - 07:32 PMMe está gustando mucho!!! Por fin he podido ponerme a leer todos los capítulos, y me han encantado.
Me alegro de que esta vez la historia vaya para largo ^^
me encanta rbd son fantasticos,cada vez que anuncian algo de ellos me quedo sin respirar,yo ago en la escuela ago que soy Mia qorque me encanta diego es un poco....no se que decir.Miguel es guapisimo,Lupita me gusta tu nombre verdadero,Roberta no te metas siempre con Mia,y Chobani eres un monstruito.Chau a todos
besos
zaira
me encanta rbd son fantasticos,cada vez que anuncian algo de ellos me quedo sin respirar,yo ago en la escuela ago que soy Mia qorque me encanta diego es un poco....no se que decir.Miguel es guapisimo,Lupita me gusta tu nombre verdadero,Roberta no te metas siempre con Mia,y Chobani eres un monstruito.Chau a todos
besos
zaira
bueno yo ahora nececito estos resumenes pok el martes tengo dicertacion de este libro y encuentro k este libro es muy entrete nidoo bueno me despido tengo k estudiar para la dicertacion xauuuu
scarlett | 4 de Mayo de 2009 - 05:36 AM


