5 de Febrero de 2007
Marylin Tm. Capítulo Cuatro
Emisor ha andado prácticamente todos los pasos para llegar a Marylin. Su encuentro con un informático llamado Josephine le ha dado la que quizás sea la última pista para resolver el misterio en torno al robo en Eterea: Geraldine ya no se esconderá más y Emisor tendrá las respuestas que quiere. Pero a veces las cosas no son lo que parecen, especialmente cuando uno no sabe distinguir el original y sus copias.
Sigan disfrutando de esta historia apocalíptica, erótica y desenfrenada en un mundo desequilibrado y cargado de ácido lisérgico o lean los capítulos anteriores.
Capítulo 1, Capítulo 2 y Capítulo Tres
El Miércoles 7 de Febrero, coincidiendo con el segundo aniversario de Casiopea, podréis leer la conclusión del relato.
Capítulo Cuatro
Las ciudades tienen historias particulares. Son como animales, seres vivos que se alimentan de los restos de seres vivos y crecen sobre ellos. Seres vivos que a veces asesinan a los antiguos pobladores para colocarse ellos en su lugar. En Metropolis es así constantemente. Geraldine “vive” (se esconde) en las entrañas del cadáver de una de la esas batallas a la luz del sol y de los años.
Un tres descarrila, el ayuntamiento promete un dinero que nunca llega. Los negocios cierran. Nadie recoge la basura. Las luces se funden. Los niños no juegan en los parques cuyos columpios se oxidan. Los niños se aburren. Los niños se buscan la vida. Ahora es un barrio poco seguro, lleno de sombras. El sitio perfecto para esconderse. Sin conexión. Lleno de edificios abandonados. El tipo de sitio donde los taxis no paran y donde no te dan una dirección para llegar a un lugar concreto, sino un mapa.
Camino por las calles con quince ojos y el sensor de movimiento puesto. La mano en el gatillo de una newglock que llevo conectada al brazo derecho (Me la he conectado viviendo hacia aquí) Me recuerdo que para estas cosas es para lo que necesito un guardaespaldas, pero buscar una guardaespaldas implica tiempo, un tiempo que no tengo.
Los rincones tienen ojos que me miran, cansados, con las pupilas buscando algo con lo que dilatarse. Con las ojeras de mil noches sin dormir. No son peligrosos. Les duele demasiado todo como para atacarme.
Giro. Giro. Todo recto hasta un parque cubierto de hollín, un coche arde junto a una valla. Dos vagabundos se calientan y cocinan algo que cuando estuvo vivo ya era repugnante. Aquí no soy un borrón, al contrario, estoy demasiado definido, se me ve demasiado bien.
Un edificio con las paredes blancas y desconchadas. Una barandilla. Una reja de color verde completamente oxidada que te permite entrar en un patio. Soledad creciendo en cada rincón.
Ascensor hasta el piso 26. Camino por la pasarela exterior. El viento hace que la barandilla se mueva y las cenizas de los incendios le dan al suelo una textura extraña. Es la puerta del fondo. Camino con la pistola en la mano, no sé lo que me voy a encontrar. Me acerco lentamente, muy despacio. Saco fotos de todo.
La vista desde el piso 26 sería un espectáculo sino fuera porque me limito a mirar hacia delante, hacia la puerta. Está entreabierta. Me detengo. El viento no me deja escuchar bien. Parece que las otras puertas llevan a habitaciones abandonadas hace mucho tiempo. Sigo andando paso a paso, acercándome lentamente a la puerta entreabierta. Se escucha un llanto. Un llanto prolongado y lleno de desesperación que proviene del interior de la habitación. Un llano continuado que sólo se detiene para coger aire. Geraldine está llorando.
Dejo que la puerta se abra del todo. El interior es desolador. Las paredes son de un blanco intenso, pero con la pintura descorrida, y llena de hollín. El suelo es de una especie de moqueta que fue marrón a principios del siglo XXI. Hay un equipo de televisión en una esquina y una puerta al fondo. Y hay una cama. Y en la cama está Geraldine, llorando como un bebé.
Debe estar acercándose a los cincuenta años, tiene las piernas cortas y regordetas y una barriga prominente para su cuerpo. Lleva una especie de barba crecida a base de, simplemente, dejar que el pelo crezca allí donde encuentre un sitio. Los labios pequeños, sonrosados, como una línea dibujada con bolígrafo en el centro de su boca y los ojos llenos de ojeras y cansancio pegados a unas gafas demasiado antiguas para ser reales.
Está llorando mirando a la pared, con los ojos enrojecidos. Y lleva un cañón bastante más grande que el mío en las manos. Cuando entro en la sala se está mesando los cabellos con rabia y gimoteando nervioso. Me mira y levanta el arma, pero no estoy asustado. Está tan tenso que podría dispararme todo el cargador con esa pistola como mi cabeza y no me daría ni una sola vez.
-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
Original, no se puede decir que sea muy original.
-Soy periodista. Baja el arma.
No la baja, pero la ladea a la derecha. Intenta contener las lágrimas.
-Josephine me ha dicho dónde estabas.
-¿Joseph...?
Blasfema por lo bajo y se limpia los mocos. De pronto vuelve a apuntarme, más nervioso.
-¡Si no te marchas te mato!
-Yo no me voy a marchar y tú no me vas a matar.
Nos miramos unos segundos. Recorro la habitación mientras me apunta y me siento en una silla que hay junto a la cama. Separo los brazos del cuerpo para que sepa que no voy a hacer nada raro. A los pocos segundo baja el arma.
-¿Qué quieres?
-¿Dónde está Marylin?
Me mira y empieza a respirar con dificultad. Vuelve a llorar. Suspiro.
-¿Dónde la tienes?
Al contrario que Josephine, Geraldine no tiene ansia por mostrarme nada, no está orgulloso de su robo, ni de si mismo. Quizás no esté orgulloso. Por cómo llora ha perdido todo el orgullo que alguna vez podría haber tenido.
-¿Dónde la tienes?- Le repito.
-¿Para qué?
-Escribo sobre Eterea y sobre el robo...
-No fue un robo- Sus ojos recuperar algo de furia. Es como una respuesta automática. Se lo ha dicho a si mismo muchas veces- No se puede robar algo que... no existe.
Un leve sonido gutural florece como un escupitajo de su garganta y vuelve a gimotear. No es un llanto patético. No da vergüenza ni resulta exagerado. Geraldine llora como si no hubiera nadie a su lado.
-En Eterea no piensan así.
-Eterea no vende cosas, vende experiencias. Y ahora seguro que hay miles de capullos follando con...
Se queda callado, como si no supiera que decir.
-¿Con?
-Con ella.
-¿Ella?
Era una expresión extraña para nombrar algo que, al parecer, ni siquiera existe.
-No. Con ella, no.
Mira a la habitación. La tiene ahí.
-Habrán hecho una copia y la habrán reimplantado en el sistema. Pero no es ella. ¡No es ella!
Se vuelve a mesar los cabellos.
-La he aislado. La tengo ahí. No pueden entrar, ni salir. Pero...
Me mira completamente vacío, con los ojos desorbitados.
-No me quiere. Ella no me quiere.
Estoy a punto de romper a reír ante ese hombrecillo enamorado de un holograma pero luego recuerdo que, por alguna razón, no me he conectado nunca a Etérea en el modo de simulación. Ese pensamiento se queda colgando en mi mente y me impide reír. Al contrario, empieza a convertirse en una pieza de un puzzle que está encajando, lentamente, en alguna parte.
-¿Puedo verla?- Me sorprende ver que mi tono ha cambiado, que me siento más cercano a ese pobre diablo y lo que eran órdenes se están convirtiendo en preguntas.
-¿Para qué? Pague en Eterea y la podrá ver y follar con ella.
-No. Quiero ver a la suya.
Y me digo que eso no tiene sentido, que las cosas que no existen no tienen original ni copia.
-No es mía.- Sigue llorando- Nunca fue mía.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Geraldine me mira y señala la puerta detrás de él.
-Conéctate antes de entrar. La clave es “Niágara”.
Ultimo Capítulo el 7 de febrero
Guillermo Zapata a las 11:20 AM | Referencias 0Juer!!!!!!!!!!
Voy a esperar el miercoles con ansia....
Hola majo, es la primera vez que escribo aunque sigo tu blog siempre que puedo. Estoy super enganchada a las historia, me muero de ganas de leer el final!!!
Mil besotes
Joe, que bien que os esté gustando. El miércoles termina, pero habrá sorpresa :=)
saludetes.
Guillermo Zapata | 5 de Febrero de 2007 - 09:51 PM


