23 de Marzo de 2006
La Corbata Roja- Tercer cuento del concurso "cuenta una historia"
Antonio Cuevas, de zeroneuronas, envía el tercer relato de la iniciativa que puse en marcha hace algo más de un mes, "crea una historia".
Es un relato muy distinto a los dos anteriores: La Cabra, el destino y un Pato que habla y Dijkarate, La Penultima Fortaleza. Se trata de un texto realista, sencillo y muy duro. Que bucea en la infancia con una interesante reflexión sobre Internet.
Que lo disfrutéis.
La Corbata Roja
I. ENRIQUE / MARCIAL
Aunque fuera llovía (siempre llueve en Bilbao), Enrique no se quería permitir perderse su media hora de carrera diaria. Sólo le faltaban sus calcetines de deporte, zapatillas, calentar un poco,… y a la calle. Pero, como cada día, Enrique no encontraba sus calcetines de deporte, nunca los encontraba. Desde que vivía con Silvia, su novia, ella se había empeñado en cambiar el orden de los cajones cada semana.
- Sólo busco la manera de ahorrar espacio – se disculpaba ella.
Descalzo, sigiloso, Enrique se acercó por detrás a Silvia para preguntarle por enésima vez dónde tenía que buscar. Ella parecía muy concentrada en algo que leía en el ordenador. Enrique se fijó en su cabellera rubia recogida en un moño, el reflejo de la pantalla en los pelos que quedaban sueltos - apuntando hacia algún lugar indeterminado del espacio-, la línea que dibujaba el cuello desnudo… A la mierda la carrera diaria, se le ocurría algo mejor que hacer.
Enrique se acercó dispuesto a besar la oreja de Silvia, pero algo en la pantalla llamó su atención. No podía creer lo que veía. La noticia circulaba por la red. Una copia escaneada del periódico de aquel veinte de marzo de mil novecientos setenta y nueve aparecía ampliada ante sus ojos. Y Silvia lo estaba leyendo.
Enrique se llamaba entonces Marcial, apenas tenía nueve años y vivía en un pequeño pueblo de Málaga. Se acercaba el día del padre y Don Sebastián pidió a los chavales que hicieran algo para regalar en tan señalado día. Unos niños comenzaron a construir ceniceros con plastilina; otros, un barco con pinzas de la ropa, alguno, un retrato recortando papeles de colores… Marcial no quería hacer lo mismo que los demás, así que tuvo una idea: construiría una reproducción a escala real de su padre.
Para empezar, la cabeza. No había tiempo para grandes alardes, así que lo mejor sería hinchar un globo y pintar sobre él la cara, eso podría valer. Marcial eligió un globo amarillo y lo llenó hasta que creyó que había alcanzado el tamaño de la cabeza de su padre. Un nudo, y a pintar.
Las orejas. El pelo. Las cejas. La nariz. El mentón.
¿Y los ojos? ¿Qué ojos dibujar? Su padre siempre tenía una expresión seria; tal vez en su reproducción podía alegrar esa cara, tal vez podía inventar un padre que no estuviera siempre de mal humor. Dibujó unos ojos alegres, con una felicidad sincera. Sólo faltaba la boca. Tampoco era fácil. En su reproducción podía acallar los gritos de su padre real, podía evitar que insultara a su madre, que lo amenazara a él. Dibujó una boca cerrada, con una leve sonrisa (no se hubiera creído una gran risa en la cara de su padre).
Satisfecho, descubrió que aquel padre de goma le gustaba, incluso fantaseó pensando qué ocurriría si cambiaba esa cabeza por la del real. ¿Sería su vida mejor? ¿Dejaría de recibir palizas?
No había tiempo para seguir fantaseando, quedaba poco para salir de clase y su reproducción aún estaba bastante incompleta. Se decidió por añadir una corbata. La que su padre usaba más a menudo era la roja. Don Sebastián le dio papel de ese color. Marcial recortó lo más parecido a una corbata que sabían hacer sus manos. Don Sebastián le ayudó a pegarla al globo. No era fácil. El pegamento resbalaba por la superficie lisa y estropeaba el papel. Quedó algo arrugada, pero lo consiguieron. El timbre sonó. Se acabaron las clases por hoy. Su regalo tendría que quedar así.
Todo se iba a precipitar de una manera que Marcial, con sus nueve años, nunca hubiera sospechado. Al llegar a casa encontró a sus padres en plena discusión. Aunque al principio dudó, pronto pensó que aquel era el mejor momento para dar su regalo, así conseguiría que los ánimos se calmaran.
Su padre no lo entendió así.
-¿Qué es esta mamarrachería?
-Eres tú.
Su padre estalló en una sonora carcajada. Pero no sonaba a felicidad, sonaba a burla. ¿Aquel globo era él? ¿De dónde había sacado esa estúpida idea? De pronto, se fijó en la corbata y se quedó callado.
-¿Y eso? ¿Qué es, sangre? ¿Qué quieres, cortarme la cabeza? ¿Eso es lo que quieres?
Marcial no tuvo tiempo de explicar que lo que él creía sangre no era otra cosa que su corbata roja. Su padre le propinó tal guantazo que dejó escapar el globo y cayó al suelo, contra el frigorífico. Su madre intentó interponerse y recibió otro bofetón. Y otro. Y otro. Hasta que quedó en el suelo, inconsciente.
Arriba, la cabeza de su otro padre, el alegre, golpeaba contra el techo. La corbata roja caía como un hilo de sangre. Tal vez su padre tenía razón, tal vez lo que quería era cortarle la cabeza.
Marcial abrió el cajón junto al frigorífico y sacó el cuchillo más grande. Su padre aún intentaba despertar a su madre cuando lo clavó por primera vez. Sin mucho acierto, dio en la clavícula. Su padre se giró, gritando de dolor y volvió a golpearle, pero Marcial no soltó el cuchillo. Con una estocada más certera, lo clavó en el cuello, bajo la nuez. Su padre emitió unos extraños sonidos que recordaban a una risa ahogada. Esta vez no era una risa burlona.
Con la sangre brotando a borbotones, Marcial intentó cortar el cuello a base de cuchilladas, pero arrancar una cabeza no era tan fácil como creía. Cuando su madre despertó, su padre ya llevaba muerto unos minutos, pero la cabeza aún permanecía sobre sus hombros.
II.SILVIA
Silvia leyó en la web el seguimiento de aquel caso en los periódicos de la época. Marcial acabó en un reformatorio. Fin. A los periodistas no les interesó ir más allá.
A finales de los setenta la ética periodística debía ser algo diferente, porque Marcial aparecía fotografiado varias veces. El parecido con Enrique era asombroso. ¿Se trataba de la misma persona? ¿Tal vez un familiar?
Pensándolo bien, siempre le había resultado extraño el acento de su novio. Él le había contado que era argentino, pero ahora empezaba a sospechar que aquello que no conseguía reconocer no era más que un acento andaluz disfrazado de falso argentino. ¿Por qué no? Alguien con un suceso así en su vida sólo puede comenzar de nuevo huyendo lejos. Bilbao está lo suficientemente lejos de Málaga como para pensar que nadie iba a reconocerlo. Seguramente Marcial cambió su nombre, su dirección,…
Se estaba dejando llevar por sus elucubraciones, puede que no se tratara más que de un parecido físico. ¿Cómo preguntárselo a Enrique? ¿Como una broma? Pero, ¿y si efectivamente era él? A Silvia eso no le preocupaba demasiado, pero quería saber la verdad.
Miró el reloj a la derecha de la pantalla. Hora de la carrera diaria de Enrique. Cuando volviera, tendría que afrontar el asunto de manera directa. Era lo mejor, no darle tiempo a reaccionar y hacerle ver que no le importaba su respuesta, que ella lo quería igualmente.
Silvia se levantó del ordenador. La lluvia arreciaba en la calle. Entró al dormitorio a comprobar que habían cerrado la ventana. Algo llamó su atención. Mejor dicho, la ausencia de algo llamó su atención. ¿De qué? Al momento se dio cuenta, faltaba la maleta que siempre asomaba bajo la cama. Antes de abrir el armario ya sabía que faltaría la ropa de Enrique.
Ya no le cabía duda. Enrique era Marcial. Sabía que había huido de ella porque había descubierto su pasado. Sí, de ella podría huir, pero desde que alguien introdujera su pasado en la red, nunca más podría huir de sí mismo.
Por lejos que fuera.
Guillermo Zapata a las 04:08 PM | Referencias 2


