21 de Marzo de 2006
Dijkarate, La Penultima Fortaleza- Segundo relato del concurso "cuenta una historia".
David Granado manda el segundo de los relatos que componen ésta iniciativa. Para los que acabéis de llegar aquí se explica todo bastante bien. Pero resumiendo, se trata de escribir distintos relatos a partir de una imagen determinada. Hace unos días llegó el primero: La Cabra, el destino y un pato que habla, de Alberto Gracia.
David cuenta una historia mezcla entre Joe Dante y Tex Avery y los Goonies, como una buena películas de los años ochenta. Infantil, fantástica, de terror, violenta. Cualquier niño o niña del mundo que haya tenido miedo alguna vez, sabrá apreciar la mezcla entre horror y fascinación que desprende el relato. Que lo disfruten.
Dijkarate, La Penultima Fortaleza
Hay historias grandes e historias pequeñas, grandes gestas y pequeños logros. Normalmente quien determina la importancia de una historia son los demás, pero claro, eso es porque todos somos egoístas y nos parece mucho mas importante la gesta de un hombre que nos ha salvado a todos, que el pequeño logro de un desconocido.
Esta es una historia pequeña, sin grandes aspavientos o descubrimientos universales, pero para Marcos, fue crucial.
Imaginaros una calle de cualquier ciudad: hay árboles, algunos ya desnudos por el otoño y otros medio secos, enmarcan una carretera de 2 carriles. A los lados edificios de apartamentos sin nada en especial se agolpan unos junto otros, como intentando luchar por el poco espacio disponible. Ahora vamos a centrarnos en una ventana, quizás de un tercer piso. En la ventana, pegado con celo, hay un dibujo de un esqueleto, como única señal de que es la víspera de todos los santos.
En la habitación, Marcos, un niño de apenas 6 años, juega con sus muñecos en medio de las pequeñas zonas catastróficas que todos hemos creado en nuestra habitaciones.
-Marcos, te lo repito, recoge todos los juguetes y ven a cenar.
La voz de su madre llenaba toda la casa. Sin embargo, lo que su madre no sabia es que Karzakan por fin había arrinconado a Sir Fone y desde luego o R2D2 llegaba con la ayuda o aquello seria una masacre. Y claro, sin esa información, a ella le parecía que cenar era muy importante. La puerta se abrió y Marcos se dio cuenta que hoy Karkazan contaba con aliados demasiados poderosos, la giganta de las colinas había llegado y Sir Fone tendría que replegarse para luchar otro día.
Apenas media hora mas tarde, Marcos entraba en su habitación enfadadísimo, no
solo le mandaban a la cama, sino que no podía jugar ni hacer nada, solo meterse en la cama y dormir. Dormir, menuda tontería. Se metió bajo las sabanas, enfurruñado y antes de que pudiera echar mano a Sir Fone, entró su madre. Le dio un beso que él intento esquivar, amontono todas las cosas en su baúl y apago la luz.
- Y no metas ruido, duérmete.
Marcos se dio la vuelta y cerro los ojos, mientras se enfadaba y pensaba lo plastas que eran. Por qué no le dejarían en paz, si él no se metía con nadie.
- Psss, eh tú, el de la cama.
Marcos miro a la habitación. No era miedoso, pero claro, sir Fone estaba en el baúl.
- Si chico, ven un momento.
Marcos se tapo rápidamente con la sabana y se quedo quieto. Bien, no pasaba nada, ahora él no podría verle. Escucho los pasos, venían de debajo de a cama... Primero lejanos, como si vinieran de muy lejos y después cada vez mas cerca. De pronto, entre las sabanas, vio la figura recortada contra la ventana: No era muy alto, apenas metro y medio, y tenia un enorme sombrero de copa ligeramente achatado. Se movía con un ligero bamboleo de una prominente barriga. Empezó a moverse por la habitación, levantando un tebeo aquí o mirando un cajón allí.
- Maldita sea, ya se han vuelto a equivocar los del departamento de deseos inconscientes.
Marcos oyó como pasaba las hojas de un cuaderno y leía nombres muy rápido, como si pasase una lista.
- Jamime, Fernando, Sara, Mónica , Sandra, Manolo, Marcos. Si, aquí es. Marcos Santos, 8:35, dentro de su cama, “Ojala mis padres me dejasen en paz” Pues no lo entiendo. Se han confundido, maldita sea, ¿y ahora que hago?.
Se paro y miro a su alrededor como buscando algo. Bajo las sabanas, Marcos contuvo la respiración, pero en seguida se dio cuenta, había venido por él, porque él le había llamado.
Con un poco de miedo, retiro poco a poco las sabanas viendo por primera vez a su extraño visitante. Estaba confundido, no eran una sino dos, las personas que estaban paradas en su habitación. Lo que había tomado por la barriga, era la cabeza de un ser rechoncho de enormes pies, calzados de unos zapatos negros y de hebilla cuadrada. Uno de los zapatos estaba abierto dejando ver unos dedos rechonchos y unas uñas negras. Parecía que solo fuera cabeza y pies. Sobre él, había otro ser, mas delgado: vestía un frac morado, cuya cola caía por la espalda de su "montura" Sus manos eran muy alargadas y nervudas, y ojeaban una libreta manoseada.
Cómo había supuesto, tenia un enorme sombrero de copa, también morado, con una cinta amarilla de la que estaba prendido un viejo reloj de cadena. Su rostro era alargado, con una enorme nariz aguileña y una boca encuadrada en una enorme sonrisa, aparentemente perenne. Sus grandes orejas casi sobresalían por los lados del sombrero y estaban plagadas de pendientes. Con su peculiar bamboleo se giro hacia la cama.
Con un hilo de voz y hablando muy rápido por los nervios se presento.
- No se a confundido, yosoyMarcos- Dijo atropelladamente.
- Mira Sr Yosoymarcos, no tengo tiempo para estar de palique. Tengo que hablar con un tal marcos y me han dado mal la dirección.
- No, digo que yo soy Marcos- Dijo remarcando las palabras.
El visitante alargo la mano hacia la parte alta de su sombrero, donde unos diminutos brazos grises le dieron unos quevedos color verde botella. Los cojió, ajustándoselos, mirando al niño como si lo viera por primera vez. Extendió su brazo, mucho mas largo de lo normal, hacia él, tendiéndole la mano. Marcos tragó saliva, pero él era un niño valiente, así que le dio la mano con fuerza, como le había enseñado su Padre.
- Ding di Dong, Sr Marcos. Encantado de conocerle.
- Hola .- pudo balbucear Marcos, asustado.
- De modo que quieres que tus padres te dejen en paz.- Ding di Dong no lo
preguntó, lo afirmó.
-Bueno... sí, es que son muy plastas y nunca me dejan hacer nada Son mis padres, pero es que son tan, tan pesados.
-Bien, esto será fácil – dijo mientras tomaba unos últimos apuntes en su cuaderno y lo devolvía al interior de su sombrero.
Aquellas diminutas manos grises del interior del sombrero, ofrecieron una especie de cucharilla de helado de color malva. Pero Ding di Dong, murmuró algo en una lengua propia chillona, llena de kas y jotas, y la cucharilla volvió al interior del sombrero, sacando en su lugar un silbato dorado, que fue devuelto de nuevo al interior del sombrero con otra frase tajante. Al final, sacaron una tijeras de metal, muy sencillas, quizás un poco grandes. Ding di Dong las cogió y se las ofreció a Marcos, por la parte de atrás. Marcos las cogió un poco asustado, sus padres no le dejaban coger tijeras de verdad y aquellas desde luego lo eran. Pesaban mucho y parecían muy afiladas, sin embargo, se dio cuenta de que pronto eso daría lo mismo y la idea le hizo sonreír.
- Bien, Sr Marcos, tenga esta cuerda y las tijeras .- dijo mientras le ofrecía un rollo de cordel negruzco y de aspecto aceitoso que acaba de saca de su chaqué.- Anude la cuerda alrededor del cuello de su padres y corte por debajo de la cuerda. Eso debería librarle del problema.
Marcos salio rápidamente de su habitación, armado con las tijeras, pero con cuidado de no llevarlas apuntando hacia adelante o alguien podría hacerse daño. Abrió con cuidado la puerta de la habitación, donde sus padres dormían uno junto al otro. Se acercó a la cama y con cuidado aparto sus fotos de la mesilla para poder encaramarse a ella. Primero a su Madre le anudó la delgada cuerda alrededor del cuello, ésta dejó una pequeña mancha en las sabanas, de un color negruzco. Después, anudo el otro extremo de la cuerda al cuello de su padre, éste se revolvió en sueños, murmurando algo de un perro azul. Marcos anudó la cuerda y se bajo de la mesilla. Tenia las tijeras en la mano y por un momento se pregunto si aquello sería una buena idea. Claro que lo era, que tontería, Ding di Dong había venido a cumplir su deseo, seria algún tipo de hada o genio. Marcos sonrió y clavó con fuerza las tijeras bajo la cuerda para poder cortar.
No noto casi resistencia, un sencillo par de cortes y las dos cabezas se separaron del cuerpo, subiendo flotando hasta el techo. Marcos se encaramo de nuevo a la mesilla y cogió la cuerda por el centro saliendo de la habitación con las dos cabezas flotando y chocando entre sí. Entro en su habitación, donde Ding di Dong parecía absorto observando el interior del armario. Al oírle entrar, se giró, con un cierto bamboleo.
- Tiene un excelente armario, Sr Marcos. Si alguna vez desea vendérnoslo háganoslo saber, tiene "muchas posibilidades" Muy bien comunicado. – le tendió su largo brazo para recoger las tijeras, que devolvió al interior del sombrero y volvió a estirar la mano, cogiendo la cuerda por encima de donde Marcos la tenia agarrada.
- No se preocupe por esto Sr Marcos, yo me lo llevare, así no le molestaran mas.
Marcos soltó la cuerda, sin poder quitarse a sensación de que algo no iba bien del todo. Vale, sus padres le dejarían en paz, pero claro, si Ding di Dong se llevaba sus cabezas, qué ojos le mirarían con cariño, o que labios le besarían por la noche. Estaba empezando a darse cuenta que quizás no deseaba eso cuándo se dio cuenta que no se veía a Ding di Dong por ningún lado. Se puso nervioso. Miro en el armario, vació. Tras la puerta, nada. Al final reunió valor y se tiro bajo la cama, nada, solo unos calcetines sucios, una zapatilla y varias cajas de juegos viejos.
Nada parecía indicar que Ding di Dong hubiera estado allí. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la habitación de sus padres. Primero con decisión, pero según se acercaba a la habitación iba parándose, mas y mas asustado. Por fin se detuvo frente a la puerta, que entornada, no dejaba ver nada del interior. Se apoyo en ella, abriéndola lentamente. Desde dónde estaba, solo veía los pies de la cama. Se paró unos segundos a ver si escuchaba la respiración de sus padres, pero la habitación estaba en total silencio. Se sorbió los mocos que sus lagrimas de angustia le estaban provocando y entro en la habitación. Primero un paso, luego otro, hasta que bordeó los pies de la cama, pudiendo ver los cuerpos decapitados de sus padres, uno junto al otro, cómo les había dejado hacia apenas unos minutos. Se dio la vuelta y entre llantos, atragantándose con su respiración entrecortada, salio corriendo hasta su habitación. Se metió bajo las sabanas y empezó a llorar mas fuerte.
Deseaba con todo su alma que Ding di Dong regresara, que le devolviera a sus padres, que sería bueno, que haría lo que le dijeran. Cerró los ojos, pero veía las caras de sus padres dormidos, flotando una junto a la otra mientras Ding di Dong le cogía la cuerda.
Quizás pasaron unos minutos o una hora, no es importante, pero Marcos se puso de pie bajo las sabanas, las apartó y se bajó. Se puso sus botas de goma, cogió su mochila, en la que metió a Sr Fone y Karzakan, cogio su vieja linterna de plástico verde y se puso un enorme rojo, que su padre le había traído de una obra. Se hecho bajo la cama y empezó a arrastrarse, hacia delante. Aparto las cajas de juguetes solo para ver como el otro lado de la cama parecía mucho más lejos. Siguió avanzando metro a metro, hasta que las tablas de la parte de arriba de su cama parecieron ir creciendo y ganado altura, formando una especie de cúpula sobre el. Ya no necesitaba ir tumbado. Miro a sus pies y vio que el parquet de su habitación había dado paso a un suelo irregular, lleno de pelusas y viejos hilos. El paisaje a su alrededor era desolador: Suaves colinas daban paso a enormes cañones de los que no se veía el fondo y contra más se alejaba, mas escarpado era el camino, hasta que éste sólo era una sucesión de pasarelas de piedra negruzca y enormes grietas que se perdían en una espesa niebla, como si de una enorme tela de araña de piedra se tratara. El cielo estaba cubierto de unas plomizas nubes, pero de tanto en tanto se podía entrever entre ellas, muy lejos, una especie de bóveda formada por maderas y muelles.
Pero lo que cautivaba a Marcos, era enorme estructura que parecía formar el corazón de aquella tela. Una enorme ciudad, o castillo, lleno de luces verdes y resplandores extraños. Parecía que alguien hubiera cogido 100 castillos y los hubiera tirados todos allí, de cualquier manera. Un muro aquí, una torre que daba lugar a una gran casa, tubos de metal que emitían nubes de hollín y cien cosas mas. Todo parecía caótico.
Desde donde estaba Marcos no podía distinguir mucho mas que las formas mas generales, pero aquella ciudad parecía llena de actividad. Apenas distinguía pequeñas formas moviéndose, luces que eran trasportadas por las pasarelas y grandes dirigibles que entraban y salían de la caótica fortaleza. Había toda una red de pasarelas y
cabañas al pie de la estructura de piedra que surgía hacia el cielo, retorciéndose y apoyada sobre si misma. Una red de casas de madera, pasarelas de cuerda y estructuras colgantes que plagaban todos los alrededores de la fortaleza desafiando los cañones y grietas de aquel lugar. Marcos, se dejo caer en el suelo, mientras toda su determinación parecía perderse entre todas aquellas calles y pasarelas que le hipnotizaban. Consciente de que jamás encontraría a Ding di Dong, comenzó a llorar sacudiendo los hombros, derrotado frente a la extraña ciudad.
- Se llama Dijkarate, La Penúltima Fortaleza- Dijo una voz suave y sibilina del interior de la mochila de Marcos- Yo pase mi infancia aquí, no es un buen lugar, créeme. Dejé algunos enemigos vivos en ella, mala cosa. Karkazan se acomodo en la mochila, mientras Sr Fone trepaba por la correa de la mochila hasta situarse en el hombro de Marcos.
-Adelante. Encontraremos las cabezas de tus padres y pobre de quien se interponga.- Marcos le miró. Agarrado a la correa y mirando a la ciudad con una enorme sonrisa. Convencido de la verdad de su palabras.
La voz de Sr Fone, llena de seguridad y arrojo, pareció devolverle el valor y limpiándose la nariz con la manga del pijama, se puso en pie. Se ajusto el casco y empezó a descender hacia la ciudad fortaleza.
Guillermo Zapata a las 11:33 AM | Referencias 3Me ha encantado David, de verdad. Como siempre, un 10.
Nené | 22 de Marzo de 2006 - 01:34 PMComo siempre un 10. Me ha gustado mucho, espero que este tipo no sea Marcos Santos fabreguas, o su vida será muy triste :-)
deaconfrost | 27 de Marzo de 2006 - 03:25 PM


