10 de Agosto de 2005
Una bengala en una noche eterna de fuegos artificales- relato completo
Tal y cómo prometí, tras ocho entregas os mando el relato entero, mañana, si consigo salir de esta pose de marmota sonriente y ojerosa, escribiré un making off de la experiencia.
Lo podéis leer via web un poco más abajo o Abrir desde aquí el archivo completo en rtf y descargároslo. Si lo leeis, no dudéis en hacer comentarios. Espero que os guste y que os haya gustado.
Vamos a ello.
Una bengala en una noche eterna de fuegos artificiales.
Este relato, quizás sea un homenaje a Giuliana Sgrena, periodista de IlManifesto, secuestrada durante un mes en Irak y tiroteada por las tropas norteamericanas el día de su liberación, que tres días después de tan traumática experiencia estaba escribiendo para su periódico.
Quizás sea un homenaje a mi abuelo Agustín, que se parece a Clint Eastwood (Clin Esbod, diría él)
Desde luego es un homenaje a Garth Ennis y Darick Robertson, que me dieron la clave
Y no existiría si no fuera por David Granado, que imaginó este relato como si fuera del siglo XX.
“(...)Porque he sentido toda la dureza de la verdad, lo difícil que es de proponer. Y la fragilidad de quien la busca.”
(Giuliana Sgrena. Il Manifesto)
I.
“Los primeros rayos de la tarde se cuelan tímidamente entre los edificios. Joder, qué buen día hace.
Aquí, en la ciudad, las horas de luz son pocas. El sol desaparece pronto entre los edificios, sólo en la periferia atardece como es debido. La mayor parte de los niños nacidos en la ciudad no conocen la línea de horizonte. El horizonte es un skyline de vidrio y metal, eso si miras hacia arriba. Y tampoco es fácil.
Me ciño la gabardina y pienso en cuánto durará este invierno, con este sol que no enfría y este viento inmóvil que te hiela los huesos. Me apetece un cigarro, pero el médico dice que si quiero llegar a los cincuenta debería dejar de fumar, no es mala pregunta: ¿quiero llegar a los cincuenta? Podría solicitar a la CPU integrada que genere nicotina para mi organismo, pero el tabaco no es sólo eso, es la actitud, como todo.
Un taxi.
Mientras nos deslizamos por la zona superior hacia el centro, me conecto. Es uno de los modelos nuevos, muy sofisticado. Me va a costar una pasta. El lector LED va dando las notas necesarias, correos leídos, sin leer, trabajos variados: Aceptar, rechazar.
Me gusta trabajar en los taxis, así no hay charla. Me dice que hay atasco, ¿cuándo no? Se ha hundido un edificio de vivienda protegida al norte de la ciudad, sin muertos. Una especie de voladura controlada por la historia, grietas que se hacen socavones. Me conecto a la agencia y hablo con Ahira, han mandado a Carl. El nombre lo dice todo. Me pregunta cómo voy. Le miento y le digo que bien, que todo controlado. Su sonrisa de nácar se desliza por la pantalla, no me cree. Hace bien.
El atasco es cojonudo... ¿Y si voy andando? En mi cabeza se escuchan risas enlatadas de teleserie.
Me conecto a las cámaras de tráfico, muy poca gente sabe que esto es posible: Es un servicio público, hace como cien años empezaron a poner cámaras por toda la ciudad, el movimiento de derechos civiles consiguió una enorme movilización para defender la privacidad,: contra la monitorización social- así lo llamaron, siempre buscando nombres incomprensibles. Así que la administración metropolitana negoció que el acceso a las cámaras fuese público. Ese fue el trato, democratizar el morbo. Podemos mirar todos. El movimiento perdió fuerza, la gente estaba dispuesta a ser grabada mientras pudiera ver las vergüenzas de los demás. En diez años nadie se acordaba de las cámaras, formaban parte del paisaje urbano, y mirar no era tan divertido. El resultado final es que la administración sigue mirando y ya nadie sabe que puede hacerlo. En fin, menos cháchara.
Paso de una cámara a otra. Puede ser fácil varias horas de retención. El caos es realmente considerable”.
II.
Cierra las manos sobre la tela de algodón sintético, la aprieta con fuerza, tirando hacia sí. Tensando la fibra con la energía que le queda. Escucha el latir de su corazón, cómo bombea con debilidad desde su pecho, dolorosamente. Si se concentra puede escuchar el sonido de los dedos agarrados a la tela.
Es como si alguien le pinchara con un punzón entre las costillas. Desgarrando músculo, impidiéndole respirar con normalidad. Su cerebro sólo puede centrarse en el dolor. En curvar aún más si cabe las arrugas de los ojos, con ese dolor que dan los párpados cerrados con fuerza.
Cuando suelta la sábana abre los ojos todo lo que puede, como intentando encontrar un aire que no existe, no abre la boca, es una respuesta refleja al dolor. Una lágrima provocada por la tensión se desliza por su agrietado rostro. La tensión pasa.
Bip. Bip
Las máquinas siguen funcionando, su cerebro empieza a recobrar la fluidez, el pinchazo desaparece. Nota entre sus bragas un tacto líquido que le recorre las piernas. Posiblemente se haya orinado por el esfuerzo, pero no sabría decirlo.
Los nanocirujanos ya no son capaces de detener la infección. No lo nota, pero se imagina cómo navega por su cuerpo como un cáncer silencioso, devorándolo todo. Impidiendo la respiración, el bombear de la sangre, la vida.
Una mujer entra, una enfermera. Toca los controles del panel que flota junto a ella. Le sonríe, pero se trata de una sonrisa plastificada, ritual. No necesita que la engañen. Sabe que se está muriendo.
III.
“El taxista y yo estamos iniciando una relación de mutua desconfianza. Él no entiende que hago yo con un arsenal informático en el asiento de detrás de su flamante automóvil y yo no entiendo por qué no atropella ya a algún transeúnte y me saca de este atasco. Incompatibilidad de caracteres.
El receptor cutáneo no para de petardear, llamadas y más llamadas. Voy de culo.
Llamo al Sanitario Metropolitano. Uno de los tres hospitales públicos de la ciudad. Quiero hablar con Cory Wang, encargada de la planta de volcado. Me pasan con Cory, la he visto un par de veces en el último mes: metro setenta y cinco, pelo largo de color azulado y ojos verdosos, no demasiado atractiva, pero destila inteligencia a través de sus gafas de fibra de carbono. Su ayudante, un precioso ejemplar de varón, es otra cosa, pero no nos distraigamos.
Cory no tiene buen aspecto, hace semanas que no duerme. Le cuento mi situación, estoy haciendo lo posible por llegar, y le aseguro que no tengo la culpa de lo que está sucediendo, es el puto socavón. Me dice que ella está aguantando como puede, pero que sufre mucho. Le parece inhumano lo que estoy haciendo manteniéndola con la medicación. Pero no soy yo. Es ella quien lo ha pedido, yo sólo voy a hablar con ella, ella lo pidió. No tengo la culpa. Pero no hay forma de convencerla, en su cabeza todos mis movimientos son estratagemas para seguir con los reportajes.
No cree que vaya a pasar de hoy, incluso es posible que haya muerto antes de que llegue si todo sigue así. Cierro la comunicación y dejo que una gota de sudor me corra alegremente por la frente.
Hay dos tipos de periodistas (quizás haya más, pero esencialmente dos) los preocupados por la verdad, y los preocupados por las historias. A los preocupados por las historias le interesa el “sentido dramático”, la superficie, las vueltas, las sorpresas, los trucos. A los otros nos preocupa lo que sucede. La llaga de pus que estalla detrás de la sonrisa, la brillante lucidez del aparente tonto de baba, la corriente subterránea. Los periodistas de las historias son “imparciales”, se quedarían en el taxi y hablarían de una terrible ciudad donde los edificios se caen y la gente muere, contaría cómo les fue imposible llegar, en medio del tráfico, hasta el sanitario metropolitano y cuan dramático fue “imaginar” lo que sucedió allí. Yo no soy así. Yo no imagino. Yo relato.
Salto al asiento del conductor bramando como un adolescente cargado de drogas sintéticas que ni siquiera soy capaz de nombrar. El taxista me mira sabiendo que hoy no tendría que haberse levantado por la mañana y yo le miro con aspecto de que, efectivamente, no debería haberlo hecho. Le pregunto si nos encontramos ante un modelo de la serie W356, me balbucea que sí mientras rebusca bajo el asiento algo parecido a un arma.
Esa serie trae retropropulsores.
Me dice que no tiene licencia para vuelos por encima de la superficie. Yo tampoco, pero vamos a salir de allí sea como sea. Y como estoy seguro de que un retrasado mental como él, que no tiene dinero para pagarse el curso correspondiente a la licencia pero se compra un coche moderno muy por encima de sus posibilidades para chulear en el barrio, ha dado algún paseíto nocturno ilegal, le advierto que si no se eleva a unos mil metros del suelo me voy a pegar a él como el escroto a un buen par de huevos (es un idioma que este neandertal del Siglo veintialgo entiende a la perfección) hasta que mi columna del periódico se convierta en una crónica de “Forrest Gump conductor de taxis” y que entonces no habrá nada que conducir, porque le retirarán el permiso.
Se histérica reacción consiste en apuntarme con una pistola de tipo medio. En tareas pendientes tenía una nota para solicitar un guardaespaldas y ahora recuerdo por qué. Me asusto un poco, pero el pulso le tiembla tanto que con tres palabras se convence de que si sigue sujetando el arma lo más probable es que de algún modo extraño acabemos muertos los dos. Si le ponen una multa paga mi empresa.
Me mira y suspira.
Acto seguido presiona un botón y las ruedas empiezan a desplazarse dejando que dos grandes reactores aparezcan en su lugar “Despegue vertical- pienso- mi favorito” Un leve temblor, calor asfixiante, gritos de los transeúntes, pero en seguida estamos volando.
IV.
Un “click” deja claro que la conversación ha terminado, aunque la pantalla del lector siga en negro. No ha puesto la imagen. Por eso ha sido el “click” lo que ha marcado el final. Ha sido una conversación sin rostro. No quería ponerle cara a esa conversación.
Está de pie con una taza de color blanco en una espaciosa sala de color blanco y con tonos azulados para los dispositivos electrónicos, con el leve zigzagueo de un puntero (de luz también azul) paseándose por la superficie de metacrilato y reconociendo distintos alimentos. Su mujer hace la cena cada día más pronto, pero no se permite pensar en los motivos.
Está allí parado, le gustaría que no se escuchara nada, quiere quedarse ahí parado mucho tiempo, quiere que las paredes se desconchen, que se caiga la pintura, que la tecnología se estropee y se oxide, no quiere oír nada. Pero no puede evitar escuchar a sus dos hijas, a Astrid y a Amoguee riendo en el piso de arriba, jugando en la ducha con su madre.
Mira su taza de color blanco, con un poso de café sin grumos flotando en el fondo, no puede apartar la mirada. Aprieta los nudillos contra el mando de la taza cuando la agarra.
La circulación de la sangre se hace más difícil con los puños apretados, en seguida empiezan a doler, es bueno que le duela- piensa.
Coge aire, una buena bocanada, con la cabeza gacha sobre el pecho, sin estirarse, buscando un suspiro que no existe, o que al menos él ya no ve por ningún lado. Tiene un leve cosquilleo cerca de la nunca, el previo a un fuerte dolor de cabeza. No llora. Tampoco lo intenta, sólo se encuentra a sí mismo preguntándose si no debería, y no encontrando la respuesta.
Camina hasta una silla y se sienta, sin decir nada. Allí espera, pensando.
Su mujer entra en la cocina y le habla de cosas banales, de las niñas, del tiempo, del trabajo, hasta que repara en su gesto, en su silencio. Le pregunta lo que pasa y él se lo dice.
-En dos horas la van a desconectar. Dicen que no puede más.
Y ella murmura un “lo siento” y él se da cuenta de que no sabe qué hacer, no sabe si abrazarle o no, si mantener más o menos distancia, si preguntárselo. Prefiere ahorrarle las dudas, ella no tiene la culpa.
-Han llamado del hospital por si quiero ir a verla.
Ella se acerca despacio, por detrás. Para abrazarle. Y él se deja, y así no piensa en la razón por la que no llora.
-Les he dicho que no.
V.
Sólo los miembros del cyber escuadrón, algún transporte público, los helicópteros de las grandes empresas mediáticas y los transportes de lujo pueden moverse por el nivel dos. Cuando las ciudades se colapsaron y su crecimiento empezó a ser también vertical, la riqueza se empezó a medir en alturas.
Alguna vez he ido en cruceros metropolitanos alrededor de la cúpula de Las Aguas, haciendo crónicas de sociedad de alguna de esas fiestas llenas de seres bioesculpidos, androides de compañía y otras delicatessen de diseño.
Nunca había surcado el cielo de metrópolis en taxi con un ser unicelular aterrado como conductor. La policía me había perseguido otras veces, pero nunca a esa altura. Da vértigo. Pero al menos yo no he vomitado.
Para alguien que nunca ha transitado el nivel dos, la idea de “calles” es algo compleja, al fin y al cabo estamos en el aire, y si bien hay pasarelas en muchos edificios (especialmente los corporativos y los grandes centros comerciales) en esas zonas no hay tráfico aéreo. Con lo que las “calles” consisten en unas bollas retropropulsadas que se encuentran suspendidas cada cierto tiempo en medio de la nada. Cuando uno está acostumbrado a deambular por la zona, esas bollas es todo lo que necesita para moverse, cuando es la primera vez cree que sólo son señales. No entiende que cuando se sale del recorrido marcado por éstas la policía se entera, y que cuando la policía se entera....
Pero al menos con la policía, los treinta metros escasos que nos han separado de una muerte segura, el pánico pegado al cielo del paladar y las impresionantes vistas, nos hemos ido acercando al sanitario metropolitano y a su pequeña pista de aterrizaje para los distintos deslizadores y los transportes médicos que se acerca a una velocidad considerable.
Son las cosas que hace la velocidad, cuando vas muy rápido tienes la sensación de que será imposible detenerse, tienes la sensación de que vas a acabar con los dientes decorando un parquímetro, pero los buenos ingenieros inventaron los frenos. Los frenos que han conseguido que, de alguna manera poco elegante, nos encontremos a poco centímetros del helipuerto del Sanitario Metropolitano.
Cory Wang se sujeta la ropa médica con las manos, intentando que los retropropulsores del taxi no la hagan salir volando y me mira con gesto de odio. No tengo tiempo de despedirme del conductor (que en breve tendrá un simpático encuentro con los AVS de la policía) así que me limito a saltar al suelo y correr hacia Wang. Me insulta (pero no es la primera vez) y me dice que está a punto de morir, entonces no hay tiempo que perder.”
VI
El periodista- nickname Emisor- entra en la habitación luciendo una larga gabardina gris de keblar y gafas de montura fina con lectores LED. Tiene barba de tres días y aspecto de no haber dormido demasiado desde hace mucho tiempo. Le acompaña una médico de volcado con el pelo azulado y los ojos verdes. Los dos parecen cansados. Ella es la doctora Wong. Es la primera en acercarse al sistema de gravitación.
-Ya ha llegado- le dice.
Ella sonríe con los labios morados por la perdida sanguínea.
El periodista pregunta algo sobre su aspecto y la doctora, con tono seco le explica que ha perdido mucha sangre y que la están reciclando, pero sin garantías. El periodista toma notas mientras escucha. Cuando la doctora se marcha le sonríe.
-Hola, July- Le dice.
Ella intenta hablar con cariño, pero sólo consigue una voz ronca (la semana pasada le practicaron una traqueotomía de urgencia y desde entonces no consigue otro tono de voz)
-Le he dicho que me llame Parker. Todos me llamaban Parker.
-Yo le dije que me tuteara. Estamos en paz.
July Parker se sonríe. Le gusta el periodista. Le gusta como escribe y lo que dice, por eso le eligió.
-¿Vino su hijo?
July tuerce la cabeza en señal negativa y mira al techo, como esperando algo. La médico sale de la sala y el periodista se acerca una silla a la cama. Los segundos pasan con extraña lentitud, marcados por las constantes sonoras de los aparatos de medición.
-No. No vino.
El periodista la mira a través de sus gafas, imperceptiblemente tuerce el gesto con algo de lástima.
-¿De qué quiere que hablemos?
-No me queda mucho- dice ella con la mirada puesta en los lectores de las constantes vitales, como si fueran el tempo de su existencia.- en realidad esperaba que fueras tú quien hiciera las preguntas hoy.
El periodista asiente con la cabeza.
-Bien: Parker, tiene usted ciento seis años, está a punto de morir ¿qué se siente?
Muy directo. Por eso le gusta.
-Me gustaría seguir escribiendo. Es lo único que se hacer.
- Cuando me propuso hacer este reportaje le pregunté el motivo. Usted quería que yo contara su vida. En las dos horas siguientes a su muerte una unidad de volcado copiará sus recuerdos en un disco duro y los almacenará en la red. Toda su vida será accesible para cualquiera, su recuerdo está a salvo así qué... ¿para qué contar esta historia?
July parker suspira mientras nota como una lengua de dolor se extiende por su cuerpo... quizás la última.
-Usted ya lo sabe, si no, no hubiera aceptado.
VII
“La noche es casi más luminosa que el día, en el centro la luz artificial ilumina metrópolis como un fluorescente violeta. Los anuncios surcan el cielo, las televisiones de calle emiten por doquier, los puestos de acceso a la red Wi-Fi proliferan por todas partes, todo el mundo emite y graba, los estímulos se disparan. La ciudad está más viva por la noche. Desde la terraza del apartamento puedo ver el deambular constante de la ciudad, completamente ajena a los sucesos de la tarde... No vieron su cuerpo convulsionarse por el dolor, no vieron sus mejillas atestadas de lágrimas, sus ojos hinchados. No la vieron buscar aire resistiéndose a la muerte. Yo si lo vi. Se llamaba Julian Parker, era periodista. Lo seguía siendo. Me encargó que contara su historia.
Estuvo en las primeras guerras del agua, cuando el banco Mundial impuso aranceles sobre el uranio escribió una crónica que recorrió el mundo. Contó cómo las primeras movilizaciones de transgéneros se hicieron populares. Entró con el ejercito Japonés en Taiwán y vio a los jóvenes Taiwaneses lanzar cócteles molotovs contra los Mechas japoneses. Escribió el mejor libro sobre política meridional de los últimos 20 años y no dejó de escribir en toda su vida.
Me pidió que contara su vida a pesar de que cualquiera de ustedes puede leerla en los depósitos informativos municipales, a pesar de que cualquier buscador les indicará con mucha más precisión que yo cómo y por qué hizo según qué cosas. A pesar de que todos sus artículos son accesibles. Me pidió que lo hiciera sabiendo que sería imperfecto, grosero y mentiroso (sí, créanme que hay partes que me he saltado o que he modificado, eso es el periodismo), que opinaría sobre otras cosas y que en algunas estaría en franco desacuerdo.
Miro por la ventana plagada de anuncios, constantes flujos de información atraviesan mis lectores LEDs, tengo miles de correos diarios, y miles de canales de televisión y lo entiendo. Su memoria, como una bengala en una noche infinita de fuegos artificiales, es un estímulo minúsculo. Me pide que cuente su historia para que la cambie, para que la traduzca, para que se la ofrezca, es mi responsabilidad y mi prerrogativa como periodista. Quiere que sus relatos se recuerden, me pide “cámbiame para seguir viva”.. Ha muerto esta tarde, se llamaba Julian Parker, y era periodista”
VIII
El operador inicia la secuencia de copiado, las imágenes grabadas en el córtex cerebral actúan como un rizoma, crecen como la hierba en el campo. Se ramifican, generan hilos de información que generan cadenas de recuerdos, como un adn de la historia. El proceso dura varias horas. Es el volumen 23453675833563 B 22145. Julian Parker. Palabras clave, guerra del agua, periodismo, crónica, metropolitan review, Al- Jirad.
En el hall de la sala de volcado espera un hombre de unos cincuenta años. Le han dicho que todavía queda mucho para terminar el proceso, pero no quiere marcharse.
-Soy su hijo.
Ha dicho.
-Quiero saber quién era mi madre.
Así que han dejado que espere en la sala.
FIN.
Guillermo Zapata a las 11:30 AM | Referencias 0Bien, Lo primero gracias, Soy el tal David que sale arriba y claro siempre es bonito leer tu nombre en algún sitio, bueno siempre no, en las esquelas es jodido, pero cierto es que si lees tu nombre en una esquela, quizás no te importe tanto o quizás si, no se, me estoy desviando.
Me a gustado mucho la historia la verdad, se supone que esto debería ser un comentario sobre el texto, pero si quien lee esto ya se lo ha leído tendrá su propia opinión y si no y estas mirando comentarios antes de leer el texto. No seas tonto léetelo que tampoco se tarda tanto.
El caso es que la historia que plantea o mas bien el mundo que describe me gusta y mucho. Puede que el civerpunk allá muerto que sea una tendencia ya obsoleta y que casi se mira con nostalgia pero lo cierto es que ese futuro cercano, lleno de polución y tecnología sigue siendo un maravilloso espejo en el que mirarse. En el podemos exagerar y sacar las cosas de quicio llevar lo que ahora solo preocupa a sus mas absurdas consecuencias. Pero esto no solo es critica, no nos engañemos también es un entorno lúdico en el que jugamos en el pasado y en el que algunos nos volvería a gustar jugar. Es un antiguo patio de colegio que vistas con nostalgia al ser mas mayor y en el que no puedes evitar subirte al columpio. No se si a Guillermo le pasa lo mismo pero cuando yo escribía aquel relato era un poco como jugar de nuevo en aquel mundo. Porque se puede escribir por muchos motivos, pero creo que cuando escribes como parte de un juego cuando escribes para contar algo, simplemente porque tienes la idea y necesitas verla impresa, es cuando mas se disfruta, y eso se nota.
Resumiendo, a ti Guillermo, la historia me gusta y mucho, me has picado y ya le estoy dando vueltas a un par de ideas y al posible lector, carajo si me has aguantado a mi hasta aquí, léete la historia que esta bastante mejor.
Quiero ver fuegos artificiales de verdad.
miguel | 10 de Diciembre de 2005 - 06:00 PMBravo,estupendo de verdad.(Tremenda ovación).....
niñonube | 28 de Julio de 2007 - 11:20 AMBravo,estupendo de verdad.(Tremenda ovación).....
niñonube | 28 de Julio de 2007 - 11:21 AMcomo ser simple que soy, me quedo con las ideas simples, seguro que hay otras muchas que se me escapan, a lo mejor mañana, despues de reposarse, van saliendo, quién sabe...
me gusta esa reivindicación del periodista como agente que al tratar la información inevitablemente (y con frecuencia, intencionadamente) la modifica, por omision, opinion, etc... . Ahora mismo que los periodistas son más que criticados por tergiversar más que por informar, no está demás plantearlos como humanizadores de la historia... (sin pasar al otro extremo del morbo y el amarillismo). Una especie de biógrafos de la Historia, que estará formada por multitud de biografías e historias mucho más cercanas que los simples titulares de todos los días... Me gusta la idea, acercarnos al mundo haciéndolo más subjetivo y más humano. Eliminar la neutralidad que nos aleja entre nosotros. Igual me hago periodista, jaja!
Me gusta la frase de "Cambiame para seguir viva", no sólo por ese sentido (que le doy yo) de humanizar, sino por esa idea de necesidad de adaptarnos, de evolucionar para seguir vivos... al final es una especie de "cambiame para que el mundo de hoy (su hijo, por ejemplo) entienda con su mentalidad de hoy mi vida de ayer". Las verdades, si se han caracterizado por algo, es por ser inamovibles. El giro de cambiar algo que ya ha pasado para que sea comprensible, me parece transgresor, pero me parece tambien humano (una vez mas!), una especie de "mentirijilla piadosa" para que todo sea mas cercano, menos impersonal.
y ahora me voy a leer el making-off, a ver si hemos coincidido en algo!
joer, no he dado ni una, pero bueno, las interpretaciones son libres, no? jajaja!
kades | 27 de Agosto de 2008 - 09:10 PM


