3 de Agosto de 2005
Una bengala en una noche eterna de fuegos artificiales IV
Cuarta parte de esta entrega de Siete. las tres partes anteriores las podéis leer aquí
En esta cuarta parte un hombre recibe una mala noticia, alguien está a punto de morir y un matrimonio se derrumba. Todo en tres párrafos increíbles de ritmo y velocidad sin igual, no se detengan, lean, lean :=)
IV.
Un “click” deja claro que la conversación ha terminado, aunque la pantalla del lector siga en negro. No ha puesto la imagen. Por eso ha sido el “click” lo que ha marcado el final. Ha sido una conversación sin rostro. No quería ponerle cara a esa conversación.
Está de pie con una taza de color blanco en una espaciosa sala de color blanco y con tonos azulados para los dispositivos electrónicos, con el leve zigzagueo de un puntero (de luz también azul) paseándose por la superficie de metacrilato y reconociendo distintos alimentos. Su mujer hace la cena cada día más pronto, pero no se permite pensar en los motivos.
Está allí parado, le gustaría que no se escuchara nada, quiere quedarse ahí parado mucho tiempo, quiere que las paredes se desconchen, que se caiga la pintura, que la tecnología se estropee y se oxide, no quiere oír nada. Pero no puede evitar escuchar a sus dos hijas, a Astrid y a Amoguee riendo en el piso de arriba, jugando en la ducha con su madre.
Mira su taza de color blanco, con un poso de café sin grumos flotando en el fondo, no puede apartar la mirada. Aprieta los nudillos contra el mando de la taza cuando la agarra.
La circulación de la sangre se hace más difícil con los puños apretados, en seguida empiezan a doler, es bueno que le duela- piensa.
Coge aire, una buena bocanada, con la cabeza gacha sobre el pecho, sin estirarse, buscando un suspiro que no existe, o que al menos él ya no ve por ningún lado. Tiene un leve cosquilleo cerca de la nunca, el previo a un fuerte dolor de cabeza. No llora. Tampoco lo intenta, sólo se encuentra a sí mismo preguntándose si no debería, y no encontrando la respuesta.
Camina hasta una silla y se sienta, sin decir nada. Allí espera, pensando.
Su mujer entra en la cocina y le habla de cosas banales, de las niñas, del tiempo, del trabajo, hasta que repara en su gesto, en su silencio. Le pregunta lo que pasa y él se lo dice.
-En dos horas la van a desconectar. Dicen que no puede más.
Y ella murmura un “lo siento” y él se da cuenta de que no sabe qué hacer, no sabe si abrazarle o no, si mantener más o menos distancia, si preguntárselo. Prefiere ahorrarle las dudas, ella no tiene la culpa.
-Han llamado del hospital por si quiero ir a verla.
Ella se acerca despacio, por detrás. Para abrazarle. Y él se deja, y así no piensa en la razón por la que no llora.
-Les he dicho que no.



