2 de Agosto de 2005
Una bengala en una noche eterna de Fuegos Artificiales III
Tercera parte de este relato en siete, que la disfrutéis. En ella encontraréis periódistas cabreados, una médico cabreada, un taxista aterrorizado y... sí. Coches que vuelan.
(He decidido ir introduciendo estas notas publicitarias para animar a la lectura, síganme en rollo)
Mañana más.
III.
“El taxista y yo estamos iniciando una relación de mutua desconfianza. Él no entiende que hago yo con un arsenal informático en el asiento de detrás de su flamante automóvil y yo no entiendo por qué no atropella ya a algún transeúnte y me saca de este atasco. Incompatibilidad de caracteres.
El receptor cutáneo no para de petardear, llamadas y más llamadas. Voy de culo.
Llamo al Sanitario Metropolitano. Uno de los tres hospitales públicos de la ciudad. Quiero hablar con Cory Wang, encargada de la planta de volcado. Me pasan con Cory, la he visto un par de veces en el último mes: metro setenta y cinco, pelo largo de color azulado y ojos verdosos, no demasiado atractiva, pero destila inteligencia a través de sus gafas de fibra de carbono. Su ayudante, un precioso ejemplar de varón, es otra cosa, pero no nos distraigamos.
Cory no tiene buen aspecto, hace semanas que no duerme. Le cuento mi situación, estoy haciendo lo posible por llegar, y le aseguro que no tengo la culpa de lo que está sucediendo, es el puto socavón. Me dice que ella está aguantando como puede, pero que sufre mucho. Le parece inhumano lo que estoy haciendo manteniéndola con la medicación. Pero no soy yo. Es ella quien lo ha pedido, yo sólo voy a hablar con ella, ella lo pidió. No tengo la culpa. Pero no hay forma de convencerla, en su cabeza todos mis movimientos son estratagemas para seguir con los reportajes.
No cree que vaya a pasar de hoy, incluso es posible que haya muerto antes de que llegue si todo sigue así. Cierro la comunicación y dejo que una gota de sudor me corra alegremente por la frente.
Hay dos tipos de periodistas (quizás haya más, pero esencialmente dos) los preocupados por la verdad, y los preocupados por las historias. A los preocupados por las historias le interesa el “sentido dramático”, la superficie, las vueltas, las sorpresas, los trucos. A los otros nos preocupa lo que sucede. La llaga de pus que estalla detrás de la sonrisa, la brillante lucidez del aparente tonto de baba, la corriente subterránea. Los periodistas de las historias son “imparciales”, se quedarían en el taxi y hablarían de una terrible ciudad donde los edificios se caen y la gente muere, contaría cómo les fue imposible llegar, en medio del tráfico, hasta el sanitario metropolitano y cuan dramático fue “imaginar” lo que sucedió allí. Yo no soy así. Yo no imagino. Yo relato.
Salto al asiento del conductor bramando como un adolescente cargado de drogas sintéticas que ni siquiera soy capaz de nombrar. El taxista me mira sabiendo que hoy no tendría que haberse levantado por la mañana y yo le miro con aspecto de que, efectivamente, no debería haberlo hecho. Le pregunto si nos encontramos ante un modelo de la serie W356, me balbucea que sí mientras rebusca bajo el asiento algo parecido a un arma.
Esa serie trae retropropulsores.
Me dice que no tiene licencia para vuelos por encima de la superficie. Yo tampoco, pero vamos a salir de allí sea como sea. Y como estoy seguro de que un retrasado mental como él, que no tiene dinero para pagarse el curso correspondiente a la licencia pero se compra un coche moderno muy por encima de sus posibilidades para chulear en el barrio, ha dado algún paseíto nocturno ilegal, le advierto que si no se eleva a unos mil metros del suelo me voy a pegar a él como el escroto a un buen par de huevos (es un idioma que este neandertal del Siglo veintialgo entiende a la perfección) hasta que mi columna del periódico se convierta en una crónica de “Forrest Gump conductor de taxis” y que entonces no habrá nada que conducir, porque le retirarán el permiso.
Se histérica reacción consiste en apuntarme con una pistola de tipo medio. En tareas pendientes tenía una nota para solicitar un guardaespaldas y ahora recuerdo por qué. Me asusto un poco, pero el pulso le tiembla tanto que con tres palabras se convence de que si sigue sujetando el arma lo más probable es que de algún modo extraño acabemos muertos los dos. Si le ponen una multa paga mi empresa.
Me mira y suspira.
Acto seguido presiona un botón y las ruedas empiezan a desplazarse dejando que dos grandes reactores aparezcan en su lugar “Despegue vertical- pienso- mi favorito” Un leve temblor, calor asfixiante, gritos de los transeúntes, pero en seguida estamos volando"



