No son ‘gentuza’, son trabajadores

 

El Sr. Enrique Dans, en su artículo de opinión publicado el pasado día 8, utiliza -de forma demagógica- la procedencia del término ‘sopa boba’, de la frase vivir de la sopa boba’ y de la profesión de ‘sopista’ para atacar a todos los oficios artísticos merecedores de derechos de propiedad intelectual.

 

El estilo destructivo utilizado por Dans (al igual que el de todos los nuevos líderes del neoliberalismo digital) contrasta con el de los creadores profesionales. Mientras los primeros defienden a ultranza la abolición de las leyes que protegen la propiedad intelectual, los segundos tratan de encontrar –con desesperación en algunos casos- el espacio que necesitan, y merecen, en el futuro mercado. Un mercado que estará definido por las normas de la Sociedad del Conocimiento. Unas normas que, por mucho que se empeñe el Enrique Dans, no las escriben ni las dictan las entidades de gestión ya que han sido discutidas durante meses y serán aprobadas después de años de debate entre todos los agentes del sector.

 

Muchos de los músicos, artistas y autores comenzaron -y comienzan- su actividad creadora, efectivamente, entregando por pueblos y ciudades en escuelas; cines, salones parroquiales y plazas públicas (como en el pasado histórico señalado por el Sr. Dans) alguna pieza musical, verso o trova”, de su propia cosecha a cambio de los “guisos mezclados [que sobran] de los platos servidos del menú diario”. Todos los que yo conozco comenzaron así. Muchos de ellos continúan en la misma situación. Y le aseguro que viven con honra su estado, en algunos casos, de auténtica precariedad social. Su trabajo es lo único que les permite en muchos casos sobrevivir –con espiritualidad, me atrevo a decir- a las cargas de profundidad que usted y muchos de sus correligionarios les lanzan diariamente.

 

Que a unos no les haya sonreído la suerte no les convierte en blanco de las iras, insultos y comparaciones de mal gusto que continuamente les dedican. Y ya que estamos, hablemos de comparaciones. El profesor del Área de Sistemas y Tecnologías de la Información del prestigioso Instituto de Empresa sabe que los oficios de aguador o el de los escribas (ejemplos tan, de nuevo, demagógicamente utilizados hasta la hartura en el universo de Internet) no fueron eliminados por una sociedad que decidió aceptar los canales y la imprenta. La tecnología no convirtió esos oficios en “innecesarios” como usted señala. Esos trabajadores transformaron su actividad. Justo lo que intentan hacer los creadores.

 

Confunde, por otro lado, el profesor Dans, ‘usuarios’ con ‘consumidores’. Los primeros (radios, televisiones, bares, hoteles, salones de bodas, fabricantes de soportes, etc.) son los únicos clientes, o deudores si lo prefieren, –a través de las entidades de gestión- de los propietarios de derechos de autor. Los consumidores son, por tanto, los clientes de los usuarios y los verdaderos intermediarios. En definitiva, los representantes, de Dans y de todos los consumidores, no son otros que las organizaciones de usuarios. Es a ellos a quienes deben dirigir la reclamación de sus derechos.

 

Decir que los que viven “del arte" vivirán realmente, después de que se apruebe la reforma de la ley de propiedad intelectual, “del cuento” me parece desproporcionado e injusto. Asegurar que los políticos sólo consideran ciudadanos a “unos ‘artistas’, que ahora tendrán derecho a comer, vendan o no” es, otra vez, demagógico y delata un desprecio absoluto a los más elementales derechos humanos.

 

Asegurar públicamente, Sr. Dans, que “gracias a ellos [los políticos], en adelante tendremos ‘artistas’ subvencionados, paniaguados, gentuza que vive de la sopa boba y que se limita a recoger su cheque todos los meses, vendan o no” es ignorar la realidad laboral y social de estos trabajadores y traspasar los límites morales del debate.

 

Finalmente, dirigirse a sus fieles lectores en los términos con los que usted termina el artículo “La sopa boba”, animándoles a que cuando tengan “delante a uno de esos ‘artistas de la subvención’”, visualicen “todo el dinero” que le han “estado sustrayendo de su bolsillo” y le miren “con el desprecio que se merece”, es hacer apología de la falta de respeto y de la violencia y el odio a las profesiones culturales y a sus trabajadores.

 

 

Juan José Castillo

Director